—Vos misma,—respondió el mulato.—Jorge Otway preferirá una dote en dinero contante (yo mismo se lo he oído decir), a todas las tierras que puede llevar a su hijo la señorita de B.... y vos podéis ofrecer a Enrique con vuestra mano una dote de cuarenta mil duros en onzas de oro.
—¡Sab!—exclamó con amargura la doncella,—no te está bien ciertamente burlarte de una infeliz que te ha compadecido, llorando tus desgracias aunque no llora las suyas.
—No me burlo de vos, señora,—respondió él con solemnidad.—Decidme ¿no tenéis un billete de la lotería? le tenéis, yo lo sé: he visto en vuestro escritorio dos billetes que guardáis; el uno tiene vuestro nombre y el otro el de Carlota, ambos escritos por vuestra mano. Ella, demasiado ocupada de su amor, apenas se acuerda de esos billetes, pero vos los conserváis cuidadosamente, porque sin duda pensáis, siendo rica, sería hermosa, sería feliz.... siendo rica, ninguna mujer deja de ser amada.
—¡Y bien!—exclamó Teresa con ansiedad,—es verdad.... tengo un billete de la lotería....
—Yo tengo otro.
—¡Y bien!
—La fortuna puede dar a uno de los dos cuarenta mil duros.
—Y esperas....
—Que ellos sean la dote que llevéis a Enrique. Ved aquí mi billete,—añadió sacando de su cinturón un papel,—es el número 8014, y el 8014 ha obtenido cuarenta mil duros. Tomad este billete y rasgad el vuestro. Cuando dentro de algunas horas venga yo de Puerto Príncipe, el señor de B.... recibirá la lista de los números premiados, y Enrique sabrá que ya sois más rica que Carlota. Ya veis que no os he engañado cuando os dije que había para vuestro amor una esperanza, ya veis que aun podéis ser dichosa; ¿consentís en ello, Teresa?
Teresa no respondió; una sola palabra, no salió de sus labios. Pero no eran necesarias las palabras. Sus ojos habían tomado súbitamente aquella enérgica expresión que tan rara vez los animaba. Sab la miró y no exigió otra contestación; bajó la cabeza avergonzado y un largo intervalo de silencio reinó entre los dos. Sab lo rompió por fin con voz turbada.