—Perdonadme, Teresa,—la dijo,—ya lo sé... nunca compraréis con oro un corazón envilecido, ni legaréis la posesión del vuestro a un hombre mezquino. Enrique es tan indigno de vos como de ella. ¡Lo conozco! Pero, Teresa, no podéis aparentar algunos días que os halláis dispuesta a otorgarle vuestra dote y vuestra mano?, y cuando vencido por el atractivo del oro, que es su Dios, caiga el miserable a vuestros pies, cuando conozca Carlota la bajeza del hombre a quien ha entregado su alma, entonces abrúmenle vuestros desprecios y los suyos, entonces alejad de vosotras a ese hombre indigno de miraros. ¿Consentís Teresa? Yo os lo pido de rodillas, en nombre de vuestra amiga, de la hija de vuestros bienhechores.... ¡De esa Carlota fascinada que merece vuestra compasión! No consintáis en que caiga en los brazos de un miserable ese ángel de inocencia y de ternura... no lo consintáis Teresa.
—En este corazón alimentado de amargura por tantos años,—respondió ella,—no se ha sofocado, sin embargo, el sentimiento sagrado de la gratitud; no, Sab, no he olvidado a la angélica mujer que protegió a la desvalida huérfana, ni soy ingrata a las bondades de mi digno bienhechor, que es padre de Carlota. ¡De Carlota, a quien yo he envidiado en la amargura de mi corazón, y cuya felicidad que me hace padecer, sería un deber mío comprar a costa de toda mi sangre. Pero ¡ay!... ¿Es la felicidad la que quieres darla?... Triste felicidad la que se funde sobre las ruinas de todas las ilusiones! Tú te engañas, pobre joven, o yo conozco mejor que tú el alma de Carlota. Aquella alma tierna y apasionada se ha entregado toda entera; su amor es su existencia, quitarle el uno es quitarle la otra. Enrique, vil, interesado, no sería ya, es verdad, el ídolo de un corazón tan puro y tan generoso; pero ¿cómo arrancar ese ídolo indigno sin despedazar aquel noble corazón?
Sab cayó a sus pies como herido de un rayo.—¡Pues qué!—gritó con voz ahogada,—¿ama tanto Carlota a ese hombre?
—Tanto,—respondió Teresa,—que acaso no sobrevivirá a la pérdida de su amor. ¡Sab!—prosiguió con voz llena y firme,—si es cierto que amas a Carlota con ese amor santo, inmenso, que me has pintado; si tu corazón es verdaderamente capaz de sentirlo, desecha para siempre un pensamiento inspirado únicamente por los celos y el egoísmo. ¡Bárbaro!... ¿Quién te da el derecho de arrancarla sus ilusiones, de privarla de los momentos de felicidad que ellas pueden proporcionarla? ¿Qué habrás logrado cuando la despiertes de ese sueño de amor, que es su única existencia? ¿Qué le darás en cambio de las esperanzas que le robes? ¡Oh! ¡desgraciado el hombre que anticipa a otro el terrible día del desengaño!
Detúvose un momento y viendo que Sab la escuchaba inmóvil, añadió con más dulzura: Tu corazón es noble y generoso, si las pasiones le extravían un momento, él debe volverse más recto y grande. Al presente eres libre y rico; la suerte, justa esta vez, te ha dado los medios de elevar tu destino a la altura de tu alma. El bienhechor de Martina tiene oro para repartir entre los desgraciados, y la dicha de la virtud le aguarda a él mismo, al término de la senda que le abre la Providencia.
Sab miró a Teresa con ojos extraviados y como si saliese de un penoso sueño.
—¡Dónde estoy!—exclamó.—¿Qué hacéis aquí? ¿A qué habéis venido?
—A consolarte,—respondió conmovida la doncella.—¡Sab! querido Sab... vuelve en ti.
—¡Querido!—repitió él con despedazante sonrisa:—¡Querido!... no, nunca lo he sido, nunca podré serlo.... ¿Veis esta frente, señora? ¿Qué os dice ella? ¿No notáis este color opaco y siniestro?... Es la marca de mi raza maldecida.... Es el sello del oprobio y del infortunio. Y sin embargo,—añadió apretando convulsivamente contra su pecho las manos de Teresa,—sin embargo, había en este corazón un germen fecundo de grandes sentimientos. Si mi destino no lo hubiera sofocado, si la abyección del hombre físico no se hubiera opuesto constantemente al desarrollo del hombre moral, acaso hubiera yo sido grande y virtuoso. Esclavo, he debido pensar como esclavo, porque el hombre sin dignidad ni derechos, no puede conservar sentimientos nobles. ¡Teresa! debéis despreciarme.... ¿Por qué estáis aquí todavía?... Huid, señora y....
—¡No!—exclamó ella inclinando su cabeza sobre la del mulato, arrodillado a sus pies:—no me apartaré de ti sin que me jures respetar tu vida.