—Ya lo veis,—respondió ésta señalando con su mano afilada el rostro del niño:—no verá el día, aunque son ya las dos de la madrugada.
—¡Cómo! tan pronto creéis que....
—Sí,—dijo Martina moviendo tristemente la cabeza.—Sí, mayoral, muy pronto.
—Pues bien,—repuso el recién llegado:—id a descansar un rato, Martina, y yo quedaré velándole. Hace cuatro noches que no cerráis los ojos; id a descansar y yo quedaré en vuestro lugar.
—Gracias, mayoral, vos no podéis pasar malas noches, porque tenéis harto trabajo durante el día, y don Carlos de B... os ha puesto aquí para atender a sus intereses, y no para cuidar mis enfermos. Volveos a vuestra casa y dejadme ¿qué importa una noche más sin descanso? Mañana,—añadió con triste sonrisa,—mañana ya no tendrá necesidad de mí el pobre Luis, y podré descansar.
—Haré lo que queráis, Martina,—respondió el mayoral de la estancia encogiéndose de hombros,—pero ya sabéis que estoy en la habitación inmediata para si algo se os ofreciere.
El anciano se volvía de puntillas, cuando al pasar la puerta detúvose, y puso atención al galope de un caballo que se oía distintamente en el silencio de la noche. El perro se alarmó también, pues se levantó derechas las orejas y el oído atento.
—¿Oís Martina?—dijo en voz baja el mayoral.
—¡Y bien! ¿Qué os asusta? es alguno que pasa a caballo,—respondió la vieja.