—Es que no pasa: que o yo me engaño mucho o el caballo se ha detenido delante de vuestra puerta.
En acabando estas palabras, dos golpes sonaron sucesivamente en la puerta principal de la sala contigua al cuarto de Martina. El perro empezó a ladrar, y el mayoral exclamó:
—Es aquí, es aquí, ¿no lo decía yo? ¿Pero a estas horas quién puede venir a molestaros? A menos que sea algún enviado del amo, y para que venga a estas horas, preciso es que haya acontecido alguna cosa bien extraordinaria...
—Id a abrir la puerta,—le interrumpió Martina,—he conocido a Sab en los dos golpes... ¡oid, oid!... ya los repite: es Sab, mayoral, corred y abridle la puerta. ¡Leal! silencio que es Sab.
El mayoral obedeció, y sea que el ruido de los cerrojos que descorría para dejar libre la entrada, y los ladridos del perro asustasen al enfermo, sea que en aquel momento su agonía comenzase a hacerse más dolorosa, se estremeció todo y extendió sus bracitos descarnados. Sab se presentó en la habitación y detúvose inmóvil delante del lecho del moribundo.
—Hijo mío,—le dijo Martina,—ya lo ves... acércate, el cielo te ha traído sin duda para recordarme que aun tengo un hijo. Tú solo quedarás en el mundo para consolar los últimos días de esta pobre mujer.
Sab se puso de rodillas junto a la cama y besó la mano de Martina, mientras el perro saltaba en torno suyo acariciándole, y Luis hacía penosos esfuerzos para levantar la cabeza.
—Mírale hijo mío,—dijo Martina—tu presencia le ha reanimado; háblale, sin duda te oye todavía. Sab se inclinó hacia el moribundo y le llamó por su nombre; Luis entreabrió los ojos aunque sin dirigirlos a Sab, y alargó sus manecitas transparentes como para asir alguna cosa. Las tomó Sab entre las suyas, e inclinando el rostro sobre el del niño, dejó caer sobre él una gruesa y ardiente lágrima.
—¿Me conoces?—le dijo,—soy yo, tu hermano.
Luis dirigió su mirada vidriada hacia el paraje de que partía la voz, y apretó débilmente las manos de Sab; en seguida volvió el rostro al lado opuesto y quedóse en su primera inmovilidad, solamente que su respiración se hizo más trabajosa formando aquel sonido gutural y seco que es el estertor de la agonía.