—Es preciso que descanséis, madre mía,—dijo Sab a Martina,—vuestro semblante me dice que habéis pasado muchas noches de vigilia.

—¡Cuatro!—exclamó el mayoral de la estancia,—cuatro noches hace que no cierra los ojos, y no porque yo haya dejado de decirla....

El mulato interrumpió al anciano, y tomando la mano de Martina,—Esta noche descansaréis,—la dijo,—porque yo estoy aquí, yo velaré a mi hermano.

—Sí y tú recibirás su último aliento,—respondió la india con amarga resignación,—porque Luis no vivirá dos horas. ¡Bien! ¡Bien!—añadió poniéndose en pie e inclinándose sobre la cama del niño.—Yo le dejo, porque ya... ya no puedo servirle de nada al infeliz.

—Os engañáis madre mía,—díjola el mulato, mientras ayudado del mayoral disponía una cama para Martina;—Luis no está tan malo como creéis, aun me conoce.

—Sab, hijo mío, yo te dejo a su lado y me retiro tranquila; pero no quieras alucinarme; harto sé que está agonizando. Pero por eso mismo le dejo... he visto ya en igual trance, a mi nuera, y a dos de mis nietos, y he recibido sus últimos suspiros, pero con todo me siento débil junto a esta pobre criatura. Es el último, Sab, es mi último lazo que me une a la vida, y me siento débil en este momento.

Sab tomó la mano de la vieja y la apretó entre las suyas. Martina dejó caer la cabeza sobre su hombro y añadió con voz enternecida:

—Soy injusta, lo conozco, aun tengo un hijo. ¡Tú! tú me restas aún.

—¡Eh! no es ahora tiempo de llorar y hacernos llorar a todos,—dijo el mayoral de la estancia acabando de arreglar la cama para Martina.—Venid a acostaros y dejaos ahora de esas reflexiones; mañana hablaréis largamente con Sab y le diréis todas esas cosas; lo que importa al presente es que durmáis un rato.

Martina se inclinó y estampó un beso en la frente ya helada de su nieto, dejándose conducir en seguida por Sab a la cama que se le había preparado. El joven la colocó cuidadosamente y la cubrió él mismo con una manta. Luego se volvió al mayoral de la estancia y le dijo con voz que revelaba su agitación: