—Mañana temprano necesito un hombre de confianza para llevar una carta a Puerto Príncipe a casa de mis amos, y os encargo procurármelo.
—Yo mismo iré, si lo permitís,—respondió el anciano.—Pero decidme, Sab, ¿ocurre alguna novedad en la ciudad? Vuestra venida a estas horas y esa carta...
Sab no le dejó concluir.—Ninguna novedad ocurre que pueda importaros mayoral; mañana a las seis saldréis a llevar una carta a la señorita Teresa, sobrina de mi amo, y a poneros a las órdenes de éste, al que diréis el motivo de mi detención en Cubitas. Va a emprender un viaje y acaso necesite un hombre de confianza que le acompañe. Yo debía ser ese hombre, pero vos iréis en mi lugar.
—¡Oh! yo os aseguro, Sab, que aunque viejo soy tan capaz como vos...
—Lo creo,—interrumpió el mulato con alguna impaciencia.—Ahora, mayoral, idos a dormir; buenas noches. Dadme solamente un pedazo de papel y un tintero. Hasta mañana.
El viejo obedeció; había en el acento de aquel mulato un no sé qué de autoridad y grandeza, que siempre le había subyugado.
Cuando Sab quedó solo, se puso de rodillas junto al lecho de Martina, que incorporándose sobre su almohada y fijándole una mirada penetrante y profundamente triste, le dijo:
—Conmigo, Sab, no tendrás reserva; yo exijo que me digas el motivo de tu venida y el de ese viaje que dices debe emprender don Carlos.
El joven abrazó las rodillas de Martina inclinando la cabeza sobre ellas en silencio.
—¡Sab!—exclamó la anciana bajando la suya sobre aquella cabeza querida y oprimiéndola entre sus manos,—tu cabeza arde... el sudor cubre tu frente... tú tienes calentura, hijo mío.