—Tranquilizaos,—la dijo esforzándose en sonreir—es la agitación del viaje; estoy bueno, procurad descansar... mañana, lo sabréis todo, madre mía.

—No, no,—gritó Martina con ansiedad—déjame coger esa luz y alumbrar tu rostro... ¡Dios mío! ¡qué mudanza!... Tus ojos están hundidos y brillan con el fuego de la fiebre. ¡Hijo mío! ¡hijo mío! ¿qué tienes?

Y se puso de rodillas delante de él.

—¡Por compasión!—exclamó el mulato, levantándola con una especie de furor,—callad, callad Martina... tranquilizaos si no queréis verme morir de dolor a vuestros pies.

Martina se dejó llevar otra vez al lecho y se esforzó la pobre mujer en parecer tranquila.

—Siéntate aquí, a mi cabecera, hijo mío; yo no te importunaré más: callaré como el sepulcro...; pero ven, hijo mío, que yo te oiga, que oiga tu voz, que vea tus facciones, que sienta latir tu corazón junto al mío. ¡Oh Sab! piensa que ya nada me queda en el mundo sino tú... que eres mi único hijo, el único apoyo de esta larga y destrozada existencia.

Sab la abrazó estrechamente y regó su frente con dos gruesas y ardientes lágrimas.—Sí, madre mía,—la dijo,—descansad sobre mi pecho; mi voz arrullará vuestro sueño. Yo os hablaré de Dios, y de los ángeles entre los cuales va a habitar nuestro querido Luis. Yo os hablaré del eterno descanso de los desgraciados y de las consoladoras promesas del evangelio. Descansad en mis brazos; ¿estáis bien así?

Martina, agobiada de fatigas y de penas, dejóse colocar por Sab y pareció sucumbir a aquella especie de letargo que sigue a las grandes agitaciones.—Habla,—repetía ella,—habla hijo mío, yo te escucho. Sab sólo murmuraba algunas palabras inconexas; en aquel momento también el infeliz sufría horriblemente. Pero Martina descansando en su pecho se sentía más tranquila, y se durmió por fin cuando Sab comenzaba a hablarle de la resurrección de los justos. Sintiéndola dormida, colocó suavemente su cabeza sobre la almohada; imprimió un largo y silencioso beso en su frente y cayó de rodillas delante de la mesa, en la que el mayoral le había dejado el papel y el tintero.

Entonces aquel humilde recinto presentó un cuadro dramático. Entre el sueño de la vejez, y la tranquila muerte de la inocencia, aquella vida juvenil despedazada por los dolores era un espectáculo terrible. Al lado de Luis, frágil criatura que se doblada sin resistencia, débil caña que cedía sin ruido, echábase de ver aquella fuerza caída, aquel hombre lleno de vigor sucumbiendo como la encina a las tempestades del cielo.

Parecía que su alma a medida que abandonaba su cuerpo se trasladaba toda a su semblante. ¡Ay! aquella terrible agonía no tuvo más testigos que el sueño y la muerte. Nadie pudo ver aquella alma apasionada que se revelaba en su hora suprema.