Pero Sab escribía y aquella carta fué todo lo que quedó de él.

Pasó desconocido el mártir sublime del amor, pero aquella carta le sobrevivió y le conquistó el solo premio que sin esperarlo deseaba: ¡una lágrima de Carlota!

Sab escribía con mano mal segura y que fué poniéndose más y más trémula. Dejó por un instante la pluma y sacó de su pecho un objeto que contempló largo rato con melancólica atención. Era el brazalete de Carlota que Teresa le había regalado por mano de Luis en aquella misma habitación cinco días antes.

—¡Hela aquí!—murmuró fijando sus ojos en el retrato.—¡Tan bella! ¡tan pura! ¡para él! ¡toda para él!...

Sus dedos crispados dejaron caer el brazalete y un momento después volvió a escribir. Pero era claro que sus fuerzas se debilitaban rápidamente. Sin embargo escribió sin descanso más de una hora, interrumpiéndose únicamente para acercase algunas veces a la cama de Luis y humedecer sus labios, como lo había hecho Martina. Esta continuaba sumida en una especie de letargo y de vez en cuando se la veía agitarse y tender los brazos exclamando:

—¡Sab! no tengo otro hijo que tú.

El mulato la escuchaba y su mano temblaba más en aquellos momentos; pero seguía escribiendo. La claridad del día penetraba ya por la ventana cuando concluyó su carta.

Puso dentro de ella el brazalete, cerróla, quiso rotularla, pero su mano no obedecía ya al impulso de su voluntad, y violentas convulsiones le asaltaron en el momento.

Hubo entonces un instante en que el exceso de sus dolores le comunicó un vigor pasajero y probó a ponerse en pie por medio de un largo y penoso esfuerzo, pero volvió a caer como herido de una parálisis, y sus dientes rechinaron unos contra otros al apretarse convulsivamente.

Sin embargo, consiguió arrastrarse trabajosamente hasta la cama de Luis, y su mirada delirante y ardiente se encontró allí con la mirada vidriada e inmóvil del moribundo. Sab quiso dirigirle un último adiós, pero se detuvo espantado del sonido de su propia voz, que le pareció un eco del sepulcro.