Entonces pasaron por su mente multitud de ideas y multitud de dolores. Pensó que iba a morir también, y que en aquel mismo instante que él sufría una dolorosa agonía, Enrique y Carlota pronunciaban sus juramentos de amor. Luego ya no pensó nada: confundiéronse sus ideas, entorpecióse su imaginación, turbóse su memoria; quebrantóse su cuerpo y cayó sobre la cama de Luis bañándola con espesos borbotones de sangre que salían de su boca.

El mayoral de la estancia había consultado al sol, su reloj infalible, y no dudó fuesen ya las cinco. Dejó pues preparado su caballo a la puerta de la casa, y acercándose poco a poco a la habitación de Martina, y tocando ligeramente la puerta, para no despertar a la anciana si por ventura dormía, llamó repetidas veces a Sab. Pero Sab no respondía. En vano fué levantando progresivamente la voz y golpeando con mayor fuerza la puerta, aplicando en seguida el oído con silenciosa atención. Reinaba un silencio profundo dentro de aquella sala, y alarmado el mayoral descargó dos terribles golpes sobre la puerta. Entonces ladró el perro y despertó Martina, y echó en torno suyo una mirada de terror. ¡No vió a Sab! Precipitóse con un grito hacia el lecho de su nieto. Allí estaban los dos... Luis muerto, Sab agonizando.

Martina cayó desmayada a los pies de la cama, y el mayoral, echando abajo la puerta, entró a tiempo de recoger el último suspiro del mulato.

Sab expiró a las seis de la mañana; en esa misma hora Enrique y Carlota recibían la bendición nupcial.

CAPITULO V

Esta es la vida, Garcés,
Uno muere, otro se casa,
Unos lloran, otros ríen....
¡Triste condición humana!
García Gutiérrez.
(El Paje.)

Reinaba la mayor agitación en la casa del señor de B... que, verificado el casamiento de su hija, había partido para el puerto de Nuevitas, en el cual debía embarcarse para la Habana.

Jorge, que había estado presente a la celebración del matrimonio y partida de don Carlos, volvióse a su casa dejando ya instalado a Enrique en la de su esposa. La inquietud que inspiraba a ésta la situación de su hermano, las dolorosas sensaciones que en ella había producido la primera separación de un padre tiernamente querido, y su repentino matrimonio verificado bajo tan tristes auspicios, teníanla en cierta manera enajenada, e insensible, en aquellos primeros momentos, a la ternura oficiosa que su marido la prodigaba.

Rodeábanla llorando sus hermanitas sin que ella acertase a dirigirles una palabra de consuelo. Unicamente Teresa conservaba su presencia de espíritu, y al mismo tiempo que daba órdenes a las esclavas restableciendo en la casa la tranquilidad, momentáneamente alterada, cuidaba de las niñas y aun de la misma Carlota. Instábala con cariño para que se acostase algunas horas, temiendo que tantas agitaciones y una noche de vigilia alterasen su salud delicada, y, vencida por fin de sus ruegos, ya iba Carlota a complacerla cuando llegó el mayoral de las estancias de Cubitas anunciando la muerte de Sab.

—Esta desgracia,—dijo,—era efecto sin duda de alguna gran caída, pues según decía Martina, que era un oráculo para el buen labriego, Sab tenía reventados todos los vasos del pecho.