Esta noticia, que algunos días antes hubiera sido dolorosísima a Carlota, apenas pareció afectarla en un momento en que tanto había sufrido. Acababa de separarse de su padre, su hermano expiraba tal vez en aquel momento, y la pérdida del pobre mulato era bien pequeña al lado de estas pérdidas.

Enrique manifestó con más viveza su pesar y su sorpresa.

—¡Pobre muchacho!—dijo,—estas muertes repentinas me aterran.—Luego, como si se le presentase una idea luminosa, añadió: Martina tiene razón: una caída del caballo ha sido indudablemente la causa de su muerte. ¡Pobre Sab! Ahora recuerdo lo pálido, lo demudado que estaba ayer cuando llegó a Guanaja. Yo lo atribuí al cansancio del viaje tan precipitado; reventó su jaco negro.

—Aquí traigo una carta sin sobrescrito,—dijo el mayoral,—pero que creo es para la señora.

—¡Para Carlota! ¿Y de quién es esa carta, buen hombre?

—Del pobre difunto, señor,—respondió el mayoral presentándola.—Creo que agonizando la escribió, pues me pidió el papel y la tinta a las tres de la madrugada, y a las seis el desgraciado rindió su alma al Creador. Pero parece que el asunto era de importancia, y luego, como yo debía venir para acompañar al amo a la Habana... pero ya lo veo, he llegado tarde y mi venida sólo habrá servido para traer esta carta.

En el breve tiempo que duró este discurso del mayoral, al que nadie atendía, pasó una escena muy viva en aquella sala. Enrique, que se había apoderado de la carta que decían ser para su esposa, rompió la cubierta apresuradamente, y al abrir la carta cayó en tierra el brazalete, que levantó sorprendido.

—¡Un brazalete!... Carlota..., este brazalete...

—Es mío:—dijo Teresa adelantándose con serenidad.—Es un regalo de Carlota que yo estimo en tanto que sólo he podido cederlo a la persona a quien he creido en este mundo más digna de mi afecto y estimación. Ahora que vuelve a mis manos, quiero conservarle hasta el sepulcro. Dádmele, pues, Enrique y esa carta que también es para mí.

Enrique estaba estupefacto y miraba a Teresa y luego a Carlota, como si quisiese leer en sus rostros la aclaración de aquel enigma. Pero el semblante de Teresa estaba pálido y sereno, y en la hermosa fisonomía de Carlota sólo se veía en aquel momento la cándida expresión de la sorpresa.