—Tened la bondad de darme esa carta y ese brazalete, Enrique,—repitió con firmeza Teresa,—y conducid a Carlota a su aposento: tiene necesidad de descanso.

Enrique echó una mirada sobre la carta, cuya primera línea leyó, y en seguida la alargó con el brazalete a Teresa, diciéndole con una sonrisa maliciosa:

—Efectivamente, para vos es, Teresa, pero yo ignoraba que tuvieseis correspondencia con el mulato, y que os devolviese él una prenda que, según decís, sólo podíais ceder al hombre a quien quisieseis y estimaseis más.

—Pues si lo ignorabais, Enrique,—respondió ella con dignidad,—ya lo sabéis.

Luego abrazó a Carlota rogándola nuevamente fuese a descansar algunas horas con sus hermanitas, cuyos rostros infantiles estaban descoloridos con la mala noche.

Carlota tomó en sus brazos, una después de otra, a las cuatro niñas. Sí,—las dijo,—venid a descansar, pobres criaturas, que en toda la noche habéis velado y llorado conmigo. Y tú, Teresa,—añadió fijando en su amiga una mirada de indulgencia y compasión,—descansa también, querida mía, porque también padeces.

Se levantó entonces y sostenida por Enrique y rodeada de sus hermanas, como de un coro de ángeles, retiróse a su aposento, después de estampar un beso en la frente pálida y resignada de su amiga.

Para obligar a acostarse a sus hermanitas, que no querían apartarse de ella un momento, echóse vestida sobre la cama, y en torno suyo se colocaron las cuatro niñas, que no tardaron en dormirse.

Enrique cerró la cortina recomendando a su joven esposa procurase también dormir, mientras él se ocupaba en arreglar algunos papeles de los que el señor de B... le había encargado.

—Sí,—dijo Carlota,—guardaré silencio para no despertar a estas pobres niñas, pero no salgas del aposento, Enrique, porque, te lo confieso, tengo miedo. Esta muerte de Sab tan repentina me ha causado una fuerte impresión.