¡Oh querido mío! ¡qué tristes auspicios para nuestra unión!... ¡Muertes, despedidas!... No me dejes sola, Enrique, paréceme que veo a la muerte levantarse amenazando todas las cabezas queridas, y que si dejo de verte un momento no volveré a verte más.

—Tranquilízate, vida mía,—contestó su marido,—aquí estaré velando tu sueño. Pero no temas mi muerte porque no se muere uno cuando es tan feliz como yo lo soy. Duerme tranquila, Carlota, para que vuelvan las rosas a tus mejillas. ¿No sabes que quiero verte hermosa el día de nuestra boda?

—¡El día de nuestra boda!—murmuró ella:—¡qué triste ha sido este día!

Pero Enrique se había puesto ya en el escritorio de don Carlos, donde se ocupaba en leer y arreglar papeles, y Carlota sin esperanza de descanso, pero deseando no interrumpir el de sus hermanas, cerró los ojos y aparentó dormir. Cerca de una hora pudo mantenerse en la misma posición, pero no le fué posible permanecer más tiempo, y sacando con cuidado uno de sus brazos, sobre el cual descansaba la cabeza de la más joven de sus hermanas, echóse poco a poco fuera del lecho.

—¿Ya estás despierta?—dijo Enrique llegándose a sostenerla;—¿no quieres descansar una hora más, vida mía?

—No puedo,—contestó ella,—porque he estado pensando, Enrique, que en la perturbación del primer momento de sorpresa y pesar, no me he acordado de que se atendiese al buen hombre que nos ha traído la noticia de la muerte de nuestro pobre Sab; y ciertamente debía haber dado orden para que se le diese para refrescar; el buen viejo se ha apresurado, con la mejor voluntad del mundo, a traernos la desagradable noticia. También es preciso que se vuelva inmediatamente a Cubitas, y que lleve algún dinero a Martina para el entierro de ese infeliz. ¡Y Teresa, Enrique, la pobre Teresa!... La he dejado en un momento... debo hablarla, saber qué misterio se encierra en esa carta y ese brazalete que ha recibido.

—Fácil es de adivinar,—dijo Enrique sonriendo,—Teresa amaba al mulato.

—¡Amarle! ¡amarle!—repitió Carlota con tono de duda,—se me había ocurrido esa sospecha, pero... ¡amarle!... ¡Oh! no es posible.

—Las mujeres, querida mía, tenéis caprichos tan inconcebibles y gustos tan extraordinarios.

—¡Amarle!—repitió Carlota,—¡A él! ¡A un esclavo!... Luego, Teresa es tan fría... ¡tan poco susceptible de amor!