—Acaso nos hemos engañado juzgando su corazón por su semblante, querida mía.

—No, Enrique, yo no he juzgado su corazón por su semblante; sé que su corazón es noble, bueno, capaz de los más grandes sentimientos; pero el amor, Enrique, el amor es para los corazones tiernos, apasionados... como el tuyo, como el mío.

—Es para todos los corazones, vida mía, y Teresa tiene un corazón.

—Ven pues, vamos a verla Enrique, y si es verdad que amó a ese infeliz, compasión merece y no vituperio. El era mulato, es verdad, y nació esclavo; pero tenía también un bello corazón, Enrique, y su alma era tan noble, tan elevada como la tuya, como todas las almas nobles y elevadas.

Al oir estas palabras, la mirada de Enrique, que había estado amorosamente clavada en los bellos ojos de su mujer, vaciló un tanto, y como si su conciencia le hiciese penosa una comparación que sabía bien no era merecida, se apresuró a contestar:

—Ven pues, Carlota, vamos a ver a tu prima, no creo que después de lo que dijo, al pedirme el brazalete, quiera negar sus amores con Sab.

—Yo no trataré tampoco de arrancarla su secreto, pero si llora, lloraré con ella;—contestó Carlota apoyándose en el brazo de su marido; y hablando así salieron ambos del aposento y llegaron a la puerta del de Teresa, que estaba abierta. Enrique se detuvo a la entrada y Carlota se adelantó llamando a su amiga. Pero no estaba en el aposento. Carlota hizo venir a Belén y preguntó por Teresa.

—¡Pues qué!—respondió admirada la esclava,—¿no advirtió a su merced que iba a salir? Hace más de media hora que se marchó.

—¿Dónde? ¿Con quién?

—Dónde, no dijo, pero presumo que a la iglesia porque se puso su vestido negro y se cubrió la cabeza con su mantilla. La acompañó el mayoral que vino de Cubitas.