—¿Oyes, Enrique?—dijo Carlota sentándose tristemente en una silla que estaba delante de la mesa de Teresa.
—¡Y bien! ¿Por qué te asustas, Carlota?
—¿Por qué? Porque Teresa no acostumbra salir a esta hora con un hombre que apenas conoce y a pie, sin decírmelo... ¡Esto es extraordinario!
Carlota, en aquel momento notó un papel escrito sobre la mesa en que se había apoyado, y conociendo la letra de Teresa, lo leyó con apresuramiento. En seguida se lo alargó a su marido, deshaciéndose en lágrimas, y Enrique lo leyó en alta voz. Decía así:
“Pobre, huérfana y sin atractivos ni nacimiento, hace muchos años que miré el claustro como el único destino a que puedo aspirar en este mundo, y hoy me arrastra hacia ese santo asilo un impulso irresistible del corazón.
No te dejara en el día de la aflicción, si me creyese necesaria o siquiera útil; pero tú tienes ya un esposo, Carlota, a quien amas y que ha jurado hoy a Dios y a los hombres amarte, protegerte y hacerte feliz. Con él te dejo, deseándote un porvenir de amor y de ventura. Tu destino se ha fijado y yo quiero fijar el mío.
Por evitarme las reflexiones que me harías, para apartarme de esta resolución en la que estoy irrevocablemente fijada, dejo tu casa sin despedirme de ti sino por estas líneas, y me marcho al convento de las Ursulinas, de donde no saldré jamás. Mi patrimonio, aunque corto, cubre la dote que necesito para ser admitida, y dentro de un año espero que me será permitido pronunciar mis votos.
Adiós Carlota, adiós Enrique... Amaos y sed felices.
Teresa.”
—¡Oh Enrique!—exclamó Carlota:—ya lo ves! todo se reune para afligirme, para hacer triste y sombrío este día de nuestra unión; ¡este día que tan dichoso debía ser!