—Ya no debe quedarte duda,—dijo Enrique, del amor de tu prima por Sab.—Su muerte es la que le inspira esta resolución repentina de hacerse religiosa. A la verdad que tu amiga tiene altas inclinaciones.
—No la condenes, Enrique, ten indulgencia con todas las debilidades del corazón. ¡Pobre Teresa! ¡Harto desgraciada es! Pero ¿no podía esperar y remitir el cumplimiento de su resolución para otro día? ¿Por qué ha tenido la crueldad de añadir un disgusto a tantos como hoy he experimentado? Me deja la ingrata el mismo día que ha partido mi padre, sola..., abandonada.
—¡Sola! ¡Abandonada, Carlota!—repitió Enrique ciñéndola con sus brazos,—cuando estás con tu esposo que te adora, cuando yo estoy aquí, a tu lado, apretándote contra mi corazón. ¡Querida mía! Sensible es la pérdida de un hermano, aunque sea de un hermano que no ves hace tres años, y cuya débil y enfermiza constitución estaba ya de largo tiempo preparando para este golpe; sensible la separación de un padre, aunque esta separación será tan corta; sensible la muerte de un mulato que fué para tu familia un esclavo fiel; y sensible también que una loca amiga enamorada de él se quiera hacer monja, aunque se conozca que es lo mejor que puede hacer. Pero ¿es todo esto motivo suficiente para desconsolarte en estos términos, y amargarme el día más feliz de mi vida? ¿No es esto una injusticia, Carlota, una ingratitud para con tu Enrique?
En vez de dicha ¿has de darme dolor, lágrimas en vez de caricias? ¡Ah! tú me amabas hace cuatro días... hoy... hoy no me amas.
—¡No te amo!—exclamó ella con enajenamiento de pesar y ternura,—¡que no te amo, dices; Ah, no te amo; te idolatro. Tú eres mi consuelo, mi esperanza, mi apoyo... porque eres ya mi esposo, Enrique, y este día será un día de ventura por más contrariedades que el destino arroje sobre él. Acaso era necesario este contrapeso para que mi razón no sucumbiese al exceso de tal felicidad. ¡Porque yo te amo, Enrique!
—Pues bien, pruébamelo, vida mía, no llores más; pruébamelo con una sonrisa, con una mirada de placer... hazme dichoso con tu dicha, Carlota...
—Sí, sí, yo soy dichosa,—le interrumpió ella con una especie de delirio.—Mi padre, mi hermano, Teresa, Sab... ¿qué son todos al lado de tu amor? Yo no tengo ahora a nadie más que a ti... pero tú lo eres todo para el corazón de tu Carlota. Mira, no sientas que llore; son lágrimas de placer, lágrimas muy dulces las que vierto en tu pecho. ¡Porque soy tuya! ¡Porque te amo! ¡Porque soy feliz!
—Carlota, vida mía... dímelo otra vez; ¿qué nos importa todo lo demás amándonos así?—exclamó Enrique transportado.
—Tienes razón,—añadió ella,—amándonos así, el cielo mismo no tiene poder bastante para hacernos desgraciados.
—¡Carlota! ¡ya eres mía!