—¡Tuya para siempre!
—¡Cuán dichoso soy!
—¡Y yo! Enrique, ¡y yo!...
¡Y lo eran en efecto! Aquel era el primer día de su unión, y el primer día de una unión pura y santa, aquel día en que se hace del más vivo y ardiente de los afectos el más solemne de los deberes, es indudablemente un día supremo. Debe haber en este día una plenitud de ventura que no pertenece a esta tierra, ni a esta vida, y que el cielo no concede sino por un día, para hacer comprender con ella la felicidad que reserva en la eternidad de su gloria a las almas predestinadas. Porque la bienaventuranza del cielo no es otra cosa que el eterno amor.
Una horrible tempestad bramaba sobre la tierra. Eran las tres de la tarde y el firmamento, cubierto de un opaco velo, anunciaba una tarde espantosa.
En aquella hora don Carlos, desafiando la tormenta, corría al embarcadero de Nuevitas, pensando que un momento de dilación podía impedirle hallar vivo a su hijo. En aquella hora, Teresa de rodillas delante de un crucifijo, en una estrecha celda, imploraba la misericordia de Dios en favor de los que ya no existían. En aquella hora enterraban en Cubitas dos cadáveres, de un hombre y de un niño; y una vieja lloraba sobre un lecho manchado de sangre, y un perro ahullaba a sus pies. Y en aquella hora Carlota y Enrique eran felices, porque se amaban, porque se habían casado aquel día, y se repetían sin cesar con la voz y con las miradas: ¡Ya soy tuya! ¡Ya eres mía!
Tales contrastes los vemos cada día en el mundo: ¡Placer y dolor! Pero el placer es un desterrado del cielo, que no se detiene en ninguna parte. El dolor es un hijo del infierno que no abandona su presa sino cuando la ha despedazado.
CONCLUSION
Se e ciascun l’interno affanno,
Si leggesse in fronte seritto,
Quanti mai, che invidia fanno,
Ci farebbero pietá!
Metastasio.
Si la frente del hombre anunciase
El interno pesar con que lidia,
¡Cuántos hay que nos causan envidia,
Y excitarnos debieran piedad!