Pero don Carlos sólo sobrevivió dos años a su hijo, y su muerte que privó a Carlota de un indulgente amigo, y de un tierno consolador, fué acompañada de circunstancias que rasgaron de una vez el velo de sus ilusiones, y que envenenaron para siempre su vida.

Durante las últimas semanas de la vida del pobre caballero, Jorge no se apartaba un instante de la cabecera de su lecho, velándole las noches en que Carlota descansaba. Agradecía ella esta asistencia con todo el calor de su corazón sensible y noble, incapaz de penetrar sus viles motivos; pero al descubrirlos, su indignación fué tanto más viva cuanto mayor había sido su confianza.

Débil de carácter don Carlos y más débil aún después de dos años de enfermedad, que habían enflaquecido a la vez su cuerpo y su espíritu, fué una blanda cera entre las manos de hierro del astuto y codicioso inglés, que logró hacerle dictar un testamento en el cual dejaba a Carlota todo el tercio y quinto de sus bienes. Ignoró Carlota esta injusticia hasta que, muerto su padre, se la enteró de sus últimas disposiciones, en las cuales vió la prueba inequívoca de la avaricia y bajeza de su suegro. Explicóse franca v enérgicamente con Enrique, declarando su resolución de no aprovecharse de aquel abuso cometido, devolviendo a sus hermanas, injustamente despojadas, aquellos bienes arrancados a la debilidad por la codicia.

Carlota se había persuadido que su marido pensaría lo mismo que ella, pero Enrique encontró absurda la demanda de su mujer y la trató como fantasía de una niña que no conoce aún sus propios intereses. Aquel testamento era legal y Enrique no concebía los escrúpulos delicados de Carlota, ni por qué le llamaba injusto y nulo.

Todas las súplicas, las lágrimas, las protestaciones de Carlota sólo sirvieron para malquistarla con su suegro, sin que Enrique la escuchase jamás de otro modo que como a un niño caprichoso, que pide un imposible. La acariciaba, la prodigaba tiernas palabras y concluía por reírse de su indignación.

Carlota luchó inútilmente por espacio de muchos meses, después guardó silencio y pareció resignarse. Para ella todo había acabando. Vió a su marido tal cual era; comenzó a comprender la vida. Sus sueños se disiparon, su amor huyó con su felicidad. Entonces tocó toda la desnudez, toda la pequeñez de las realidades, comprendió lo erróneo de todos los entusiasmos, y su alma que tenía necesidad, sin embargo, de entusiasmos y de ilusiones, se halló sola en medio de aquellos dos hombres pegados a la tierra y alimentados de positivismo. Entonces fué desgraciada, entonces las secretas y largas conferencias con la religiosa Ursulina fueron más frecuentes. Su único placer era llorar en el seno de su amiga sus ilusiones perdidas y su libertad encadenada; y cuando no estaba con Teresa huía de la sociedad de su marido y de su suegro. Muchas veces se iba a Bellavista y pasaba allí meses enteros en una absoluta soledad, o sin otra compañía que sus hermanas; que eran sin embargo demasiado jóvenes para poder consolarla. En Bellavista respiraba más libremente; sentía su pobre corazón necesidad de entregarse, y ella le abría al cielo, al aire libre del campo, a los árboles y a las flores.

Así en el día en que comienza este último capítulo de nuestra historia, hallábase fuera de la ciudad, mientras las monjas la esperaban con impaciencia y Teresa agonizaba. Había ya cumplido ésta con todos sus deberes de católica, pero parecía escuchar con distracción las bellas cosas que le decía el religioso que la auxiliaba, y profería por momentos el nombre de Carlota.

Por fin llegó ésta. Un carruaje se detuvo delante de la puerta del convento, y la señora de Otway, pálida y asustada, se precipitó en la celda de la moribunda.

Teresa pareció reanimarse a la vista de su amiga, y con voz débil pero clara pidió que las dejasen solas.

Carlota se puso de rodillas junto al lecho, a cuya cabecera ardían dos velas de cera, alumbrando una calavera y un crucifijo de plata. Teresa se incorporó un poco sobre sus almohadas y le tendió la mano.