—Yo muero,—dijo después de un instante de silencio,—y nada poseo, nada puedo legar a la compañera de mi juventud. Pero acaso pueda dejarle un extraño consuelo, un triste pero poderoso auxilio contra el mal que marchita sus años más hermosos.
Carlota, tú estás cansada de la vida, y detestas al mundo y a los hombres... sin embargo, tú has sido una mujer feliz, Carlota: tú has sido amada con aquel amor que ha sido el sueño de tu corazón, y que hubiera hecho la gloria de mi vida si yo le hubiese inspirado. Tú has poseído sin conocerla una de esas almas grandes, ardientes, nacidas para los sublimes sacrificios, una de aquellas almas excepcionales que pasan como exhalaciones de Dios sobre la tierra. Y bien, Carlota ¿te cansa la existencia material? ¿necesitas la poesía del dolor? ¿anhelas un objeto de culto?... Desata de mi cuello este cordón negro... en él está una pequeña llave; abre con ella ese cofrecito de concha... ¡bien! ¿No ves dentro de él un papel ajado por mis lágrimas?... Toma ese papel, Carlota, y consérvale como yo le he conservado.
No recibí del cielo una rica imaginación, ni un alma poética y exaltada; no he vivido, como tú, en la atmósfera de mis ilusiones. Para mí la vida real se presentó siempre desnuda, y la triste experiencia del infortunio me hizo comprender y adivinar muchos horribles secretos del corazón humano; sin embargo de eso, Carlota, muero creyendo en el amor y en la virtud, y a ese papel debo esta dulce creencia que me ha preservado del más cruel de los males: el desaliento.
La voz de Teresa se extinguió por un momento; pidió a su prima un vaso de agua y después le reveló con más firmeza el noble sacrificio del mulato.
El te dió el oro,—la dijo,—que decidió a Enrique a llamarte su esposa, pero no desprecies a tu marido, Carlota; él es lo que son la mayor parte de los hombres. ¡Y cuántos existirán peores!...
Quiera el cielo que no vuelvas algún día los ojos con dolor hacia el país en que has nacido, donde aun se señalan los vicios, se aborrecen las bajezas y se desconocen los crímenes; donde aun existen en la oscuridad virtudes primitivas. Los hombres son malos, Carlota, pero no debes aborrecerlos ni desalentarte en tu camino. Es útil conocerlos y no pedirles más que aquello que pueden dar; es útil perder esas ilusiones que acaso no existen ya sino en el corazón de una hija de Cuba. Porque hemos sido felices, Carlota, en nacer en un suelo virgen, bajo un cielo magnífico, en no vivir en el seno de una naturaleza raquítica, sino rodeadas de todas las grandes obras de Dios, que nos han enseñado a conocerle y amarle.
Acaso tu destino te aleje algún día de esta tierra en que tuviste tu cuna y en donde yo tendré mi sepulcro; acaso en el ambiente corrompido de las ciudades del viejo hemisferio buscarás en vano una brisa que refresque tu alma, un recuerdo de tu primera juventud, un vestigio de tus ilusiones; acaso no hallarás nada grande y bello en que descansar tu corazón fatigado. Entonces tendrás ese papel; ese papel es toda un alma; es una vida, una muerte; todas las ilusiones resumidas, todos los dolores compendiados... el aroma de un corazón que se moría sin marchitarse. Las lágrimas que te arranque ese papel no serán venenosas, los pensamientos que te inspire no serán mezquinos. Mientras leas ese papel creerás como yo en el amor y en la virtud, y cuando el ruido de los vivos fatigue tu alma, refúgiate en la memoria de los muertos.
Teresa imprimió un beso en la frente de su amiga. Carlota la estrechó entre sus brazos... pero ¡ay! ¡sólo abrazada ya a un cadáver!
A la melancólica luz de las velas, que alumbraban la calavera y el crucifijo, Carlota de rodillas, pálida y trémula, leyó junto al cadáver de Teresa la carta de Sab. Luego... ¿para qué decir lo que sintió luego? Esa carta nosotros, los que referimos esta historia, la hemos visto; nosotros la conservamos fielmente en la memoria. Hela aquí:
CARTA DE SAB A TERESA