Teresa: la hora de mi descanso se acerca: mi tarea sobre la tierra va a terminar. Cuando dejo este mundo, en el que tanto he padecido y amado, solamente de vos quiero despedirme.
He venido a morir cerca de mi madre y de mi hermano; pensé que su presencia,—la presencia de estos dos seres que me han amado,—dulcificaría mi agonía; pero me engañaba. Dios me guardaba aquí mi última prueba, mi postrer martirio.
Ella duerme, la pobre anciana, y la muerte la rodea; ella duerme junto a dos moribundos: ¡sus dos hijos que van a abandonarla! Os lo confieso; al ver hace un momento su frente calva, surcada por los años y por los dolores, reposar fatigada sobre mi pecho, y cuando su voz, aquella voz que me ha dado el dulce nombre de hijo, me decía: Sólo tú me quedas en el mundo; en aquel momento he deseado la vida y he llevado convulsivamente las manos sobre mi corazón, para arrancar de él el dolor que me mata.
¡Ah! sí: la muerte era mi único deseo, mi única esperanza, y al sentir su mano fría apretar mi corazón, he gozado una alegría feroz y he levantado a Dios mi corazón para pedirle: Yo reconozco tu misericordia.
Pero al aspecto de esta anciana, que duerme arrullada por el estertor de un moribundo junto al cadavérico cuerpo de su último nieto, y que aun durmiendo me tiende los brazos y me dice: Sólo tú me quedas en el mundo; sufro un nuevo género de combate, una terrible lucha. Siento el deseo de vivir y la necesidad de morir. Sí, por ti quisiera vivir, pobre anciana, que te has compadecido del huérfano y que le has dicho: Yo seré tu madre; por ti que no te has avergonzado de amar al siervo, y que le has dicho: Levanta tu frente, hijo de la esclava, las cadenas que aprisionan las manos no deben oprimir el alma. Por ti quisiera vivir, para cerrar tus ojos y enterrar tu cadáver, y llorar sobre tu sepultura; y el abandono en que te dejo hace amarga para mí mi hora solemne y deseada.
Y bien ¡Dios mío! yo acepto esta nueva prueba y agoto, sin hacer un gesto de repugnancia, la última gota de hiel que has arrojado en el cáliz amargo de mi vida.
Yo muero, Teresa, y quiero despedirme de vos. ¿No os lo he dicho ya? Creo que sí.
Quiero despedirme de vos y daros gracias por vuestra amistad, y por haberme enseñado la generosidad, la abnegación y el heroísmo. Teresa, vos sois una mujer sublime, yo he querido imitaros; pero ¿puede la paloma tomar el vuelo del águila? Vos os levantáis grande y fuerte, ennoblecida por los sacrificios, y yo caigo quebrantado. Así, cuando precipita el huracán su carro de fuego sobre los campos, la ceiba se queda erguida, iluminada su cabeza vencedora por la aureola con que la ciñe su enemigo; mientras que el arbusto, que ha querido en vano defenderse como ella, sólo queda para atestiguar el poder que le ha vencido. El sol sale y la ceiba le saluda diciéndole: Veme aquí; pero el arbusto sólo presenta sus hojas esparcidas y sus ramas destrozadas.
Y sin embargo, vos sois una débil mujer. ¿Cuál es esa fuerza que os sostiene y que yo pido en vano a mi corazón de hombre? ¿Es la virtud quién os la da?... Yo he pensado mucho en esto; he invocado en mis noches de vigilia ese gran nombre: ¡la virtud! Pero ¿qué es la virtud?, ¿en qué consiste?...., yo he deseado comprenderlo, pero en vano he preguntado la verdad a los hombres. Me acuerdo que cuando mi amo me enviaba a confesar mis culpas a los pies de un sacerdote, yo preguntaba al ministro de Dios qué haría para alcanzar la virtud.—La virtud del esclavo,—me respondía,—es obedecer y callar, servir con humildad y resignación a sus legítimos dueños, y no juzgarlos nunca.
Esta explicación no me satisfacía. ¡Y qué! pensaba yo ¿la virtud puede ser relativa?