—Pues es vuestro gusto, caballero gallardo, servirnos hoy, os lo agradecemos mucho: Alá os dé el suceso que deseamos; yo os doy la licencia que pedís, id en dichosa hora.
—Y yo confío en Alá —dijo Alabez— que con estas mercedes alcanzaré la victoria.
Despidiose con esto de la reina, y al partirse miró a su señora Cobaida, y la vio muy triste; y llegando a su casa, mandó ensillar el potro rucio que su primo alcaide de los Vélez le había enviado, y que le diesen una fina adarga de Fez, y una toca jacerina.
Púsose encima de las armas una aljuba de terciopelo morado, toda guarnecida de tejido oro, y encima del casco un bonete morado, y en él un penacho de plumas pajizas y blancos martinetes, y con él unas garzotas pardas, verdes y azules.
Apretó bonete y casco en la cabeza con una toca azul de seda entretejida con oro, dando vuelta a la cabeza, haciendo de ella un turbante, de la cual asentó una rica medalla de oro de Arabia, labrada de montería, con dos ramos de laurel que parecían naturales; las hojas eran de una finísima esmeralda, y en medio de la medalla esculpida la efigie de la dama muy al natural.
El bizarro y valiente moro tomó una lanza con dos afilados hierros, y bien armado de todo lo necesario, sobre un lozano caballo salió de su casa, y fue para la calle de Elvira, en la cual había muchas damas, las cuales se holgaban de ver la bizarría y gallardía de Alabez.
En llegando a la puerta de Elvira, halló cien caballeros que iban para su seguridad, todos muy bien armados; y en saliendo al campo arremetieron sus yeguas los moros, escaramuceando unos con otros, que era muy de ver. Pasaron todos juntos por delante de los miradores do estaba el rey, la reina y las damas, y Alabez hizo arrodillar el caballo, y el bizarro moro inclinó cuanto pudo la cabeza, haciendo grande acatamiento. Fuele correspondido por todos, y acercándose a D. Manuel, dijo:
—Por cierto, cristiano caballero, que da tanto contento vuestro buen talle, que se echa de ver bien ser vuestro valor mucho, y tengo gran gozo en que mi ventura me haya traído a verme con vos; y si la fortuna me fuese tan favorable que alcanzase de vos la deseada victoria, me tendré por el caballero más dichoso del mundo; y si el hado triste y mi mala suerte me tiene determinado que quede cautivo o muerto a vuestras manos, lo tendré a feliz dicha; y si es voluntad vuestra decirme el nombre que tenéis, lo tendré en merced, porque sepa de quien alcanzo gloria o muerte.
El valiente maestre escuchó las comedidas razones del valeroso moro, y por satisfacerle le dijo:
—Noble moro, cualquiera que vos seáis, vuestro cortesano y discreto término merece mucho, y yo por complaceros os lo diré. A mí me llaman D. Manuel Ponce de León, profesor de mi divisa; y pues ya sabéis mi nombre, si gustáis de decirme el vuestro me holgaré de saberlo.