—No sería término de caballero —dijo el moro— negar una petición tan justa: yo me llamo Malique Alabez, soy de linaje de reyes, y no será menosprecio vuestro el escaramucear conmigo; y pues sabéis quien soy, y yo quien vos, empecemos nuestra escaramuza.
En diciendo esto revolviendo los caballos, se acometieron con tanta furia, que parecía haberse juntado dos peñascos.
Juntos, pues, los dos caballeros, se daban tan recios y desaforados golpes, y botes de lanza, que causaban admiración.
No fueron bastantes los finos escudos a resistir la gran violencia de la fuerza con que se acometieron, porque ambos fueron falseados; y tornando a revolver los veloces caballos, con vueltas gallardas proseguían su escaramuza el uno contra el otro.
Grande era el contento que recibían todos los que miraban la cruel batalla, por ver los ardides de guerra, y las gentilezas que cada uno hacía por rendir a su contrario.
Dos horas y más había que batallaban los dos valientes guerreros, sin que se pudiesen herir con las lanzas, porque aunque cada uno hacía sus diligencias para herir con ellas, era en balde, respecto que se adargaban muy bien.
El moro vio que el caballo del valiente D. Manuel no tenía ya la velocidad que de antes, porque le pareció que debía de estar cansado; y era así, que lo estaba, pues muy gran rato había que el maestre lo había sentido; pero su esfuerzo suplía la flojedad del caballo, y hacía todo lo que podía.
No quiso mejor ocasión que aquella el astuto Malique Alabez, y aprovechándose de ella, empezó a dar vueltas y acometimientos, y a revolver el caballo tan a menudo y con tanta ligereza, que a D. Manuel le causaba gran admiración. Todo esto hacía el valiente moro con intento de acabarle de cansar el caballo, y desalentarle, para en viendo ocasión ejecutarla.
Fue así, que teniendo ya muy acosado el caballo del maestre, acometió a herirle por el brazo derecho, y D. Manuel fue al remedio, y revolviendo con grande presteza al lado izquierdo, le hirió de una lanzada, sin hacer resistencia la fina cota, porque el temple de los hierros de la lanza de Alabez eran extremados.
La herida fue peligrosa, y de ella salía mucha sangre. El valiente D. Manuel sintiéndose herido, más bravo que su apellido, enristró la lanza al tiempo de revolver para salirse por el lado descubierto, y el hierro le entró en la carne, y abrió una muy peligrosa herida.