No hay serpiente ni áspid tan ponzoñoso como estaba el valiente moro viéndose mal herido, y con una cólera frenética embistió a D. Manuel con la lanza, y pasándole el escudo fue herido otra vez.

Casi corrido D. Manuel arremetió al moro con tal furia, que le dio otra herida peor que la primera.

Andaban tan embriagados de cólera por verse heridos, que mientras más batallaban, mucho más se cegaban en su pelea, y no se conocía ventaja en ninguno.

Y con esto muy enojado D. Manuel por tanta dilación, que había cuatro horas que escaramuceaban, y no se conseguía la victoria; entendiendo que estaba la falta en la flojedad de su caballo, por estar tan sudado y cansado, se apeó de él con una ligereza extraña, y cubierto con su escudo, puso mano a la espada, y con ánimo belicoso se fue al valiente moro, el cual, como le vio a pie, se maravilló mucho, y confirmó el ser de animoso corazón: mas por no ser reputado de villano se apeó y se fue a D. Manuel, fiado en su gran fuerza y valor, cubierto con su adarga, y un alfanje de Marruecos en la mano, y comenzó a dar tan grandes golpes, que el maestre sentía bien la fuerza de su brazo.

No se descuidaba el maestre en herir a su contrario y en defenderse de él; y era de tal suerte, que no se juntaba vez que el moro no saliese herido, por ser mucha la destreza y fortaleza del maestre, y por la mucha experiencia que tenía en la escaramuza, como quien cada día se veía en ellas.

Y aunque el valiente y fuerte moro procuraba herir al maestre, no podía por hallarse siempre muy bien adargado, y en lugar de herir, salía herido en cada entrada que hacía.

A esta causa estaba maltratado y con muchas heridas, muy cansado y desangrado, pero no por eso dejaba el animoso moro de batallar y mostrar tanto esfuerzo, como si empezara en aquel momento.

Fue muy de ver en esta hora ir el caballo de Alabez al del maestre, y las crines erizadas, y con una furia extraña empezó a morder y tirar coces, donde se trabó una escaramuza entre los dos caballos que causaba risa al rey y a las damas, que se admiraban de ver la fortaleza de los caballos, aunque el del moro llevaba lo mejor, porque estaba enseñado en aquello.

Los dos valientes guerreros continuaban su batalla, aunque con notable daño de Malique Alabez, porque estuvo a pique de rendirse, y favoreciole la fortuna en este modo.

El maestre había dejado gran trecho de donde peleaban a ochenta caballeros que traía para su guarda: viendo que duraba tanto la escaramuza, se acercaron los guerreros para ver el estado de la batalla.