Los cien moros que eran en guarda de Alabez, como vieron venir aquel lucido escuadrón de cristianos, y tan bien alistados, se recelaron, y más cuando los vieron acercarse tanto: entonces espolearon las yeguas, y arremetieron contra los cristianos con gran algazara. Los cristianos entendiendo que era traición, por guardar a su señor, les salieron al encuentro, y entre todos se trabó una sangrienta escaramuza. Peleaban valientemente, dándose terribles heridas, tanto, que había por el suelo muchos cuerpos sin almas.

Vista por los caballeros la sangrienta batalla de sus soldados, sin causa, se apartaron para aquietarlos. Ambos caballeros se fueron a coger sus caballos, y no había quien se llegase a ellos según estaban en la pelea.

Los moros acudieron a favorecer a Alabez y a cogerle el caballo, y los cristianos a su señor, y cogiendo el caballo de Malique Alabez subió en él el maestre con la lanza en la mano, y se metió entre los enemigos, hiriéndolos y maltratándolos.

Alabez subió en el caballo de D. Manuel, y no se holgó del trueque, aunque en bondad no debía nada al suyo, salvo que era más ligero, y con la lanza en la mano se entró por los cristianos, haciendo mucho daño.

El rey que vio la batalla tan sangrienta, mandó tocar al arma, y que saliesen mil caballeros en socorro de los suyos.

El valiente Alabez andaba buscando con mucha diligencia a D. Manuel Ponce de León, y viéndole que enfoscado andaba en medio de la batalla, le hizo señas que saliese fuera. El maestre salió muy gozoso por concluir la escaramuza empezada entre ambos.

Llegándose cerca Alabez le dijo al maestre:

—Caballero esforzado y virtuoso, tu nobleza me obliga a que te avise de un venido peligro, y es: atiende el oído, que pues eres tan buen soldado, entenderás el son y ruido de las cajas que se hace: sabe, noble caballero, que tocan al arma, y cuando menos saldrán mil moros en mi socorro, y no ganarán nada los tuyos con la multitud que vendrá, aunque traes buenos soldados: toma mi consejo, y desampara la Vega tú y los tuyos, que a fe de caballero, que te importa mucho, y como tal te juro que cada vez, y cuando que quieras, concluiremos nuestra escaramuza, y se acabará; y te lo aviso como moro hijodalgo; ahora haz tu gusto.

—Yo te agradezco, valiente moro, el aviso que me das, y quiero admitir tu consejo, y porque la primera vez que nos veamos hemos de concluir nuestra escaramuza, no te doy tu caballo: no es el mío peor que el tuyo, trátalo como yo trataré este.

Diciendo esto el maestre, tocó una corneta, que era señal de recoger; y así como los cristianos oyeron la seña dejaron la batalla y se juntaron con el maestre.