ella sola en hermosura,

yo solo en tener ventura

más que ninguno de fama.

Esta misma letra se divulgaba por la plaza.

Después del valiente Abenámar venía un rico carro triunfal, adornado de muchas señas; traía hechas en él seis gradas muy bien aderezadas, y por encima de la más alta grada había un arco triunfal de extraña hechura, y debajo de él una rica silla, y en ella sentado y puesto el retrato de la hermosa Fátima. Estaba tan perfecta, que si su original no estuviera con la reina, dijeran que era ella.

Causaba espanto ver el adorno y gala del retrato, que no había dama que no la envidiase, ni caballero que no la pretendiese. Era el vestido turquesco, de muy extraña y vistosa hechura, la mitad pajizo y la otra mitad morado, y todo sembrado de estrellas de oro, y con muchos tejidos y recamados de oro.

El tocado artificioso y galán, sus cabellos sueltos, como una madeja de oro de Arabia; sobre ellos una hermosa guirnalda de rosas blancas, y tejidas muy al natural; sobre su cabeza parecía el dios de Amor, niño y desnudo, con sus alas abiertas y plumas de mil colores, poniendo la guirnalda a la bella imagen; y a los pies de ella estaba el arco y aljaba de Cupido, como por despojos del rendido. De esta suerte iba el bello retrato de la hermosa Fátima, que agradaba mucho su vista a todos.

El carro en que iba tiraban cuatro yeguas, más albas que la nevada sierra. Después del carro iban treinta caballeros de libreas verdes y encarnadas, con penachos de las mismas colores.

De la forma dicha entró el bravo y valiente Abenámar, mantenedor de la justa, y al son de los ministriles y otros instrumentos músicos que llevaba, dio vuelta por la plaza nueva, pasando por debajo de los miradores del rey, quedando admirado él y los caballeros de la gallardía, invención y traza.

Así como llegó el carro a los miradores de la reina, ella y las damas se admiraron de ver la belleza, adorno y galas de la efigie de la hermosísima Fátima, y cuán natural era a su señora.