Fátima estuvo junto a la reina, y con ella Daraja, Sarracina, Galiana, Celima, Cobaida, y otras damas, cifra de la hermosura, y alegrándose de ver la invención que Abenámar traía, la dijeron:

—Por cierto, hermosa Fátima, que si como lleva la ventaja vuestro galán y defensor caballero a todos los demás en industria, cifra y galas, la lleva en defenderos, y alcanzar el premio de la victoria, que os podéis tener por la más dichosa y bien afortunada dama del mundo.

Fátima, disimulando lo posible, respondió a las damas:

—No sé yo con qué intento ha hecho Abenámar lo presente; pero si bien advertís, son novelas de caballeros, y por esta vía querrían obligarme: no me da cuidado ninguno, ni es cosa que me toca; y poco se me da que me defienda o no.

—No sin misterio —dijo Jarifa— el caballero Abenámar se ha puesto a hacer tal desafío a todos los caballeros enamorados, y a sacar tu retrato.

—Este motivo de Abenámar —respondió la hermosa Fátima— él solo lo entiende, y cada uno hace y deshace a su gusto: si no, mira a Abindarráez, que por ti, y por lo que a él le está bien, tiene hechas cosas muy dignas de memoria.

—Lo de Abindarráez para conmigo —dijo Jarifa— es cosa muy pública, y saben todos los de la corte que es mi amante; pero ahora lo de Abenámar nos parece a todas cosa muy nueva; y cierto que me pesaría si Abindarráez y Abenámar fueran competidores.

Dijo Fátima:

—Y que lo sean, o no, ¿qué se te da a ti?

—Dame pena —respondió Jarifa— que tu retrato, que hoy ha entrado con tanto adorno, viniese a mis manos.