—¿Pues por tan cierta tienes la victoria de parte de Abindarráez —dijo Fátima— que ya me tienes por tuya? Pues no tengas tanta confianza en tu amante caballero, que el que hizo un desafío general, ha hecho tantos gastos, y se ha esmerado tanto en la efigie, sabrá muy bien defender su partido, y al fin son casos de la fortuna, sujetos a ella.

La reina que estaba oyendo las disputas de las damas, les dijo:

—¿De qué importancia es tratar cosas de que se saca poco fruto? Ambas sois iguales en hermosura, hoy veremos quién lleva la palma, y gloria: cese esa plática, y atiéndase al fin de la aventura.

Con esto dieron fin a sus razones, y mirando a la plaza, vieron como Abenámar habiendo dado vuelta a toda ella, llegó a la tienda, y habiendo puesto su precioso carro junto del aparador, donde estaban muchas y muy ricas joyas, mandó poner el retrato de la hermosa Fátima al son de muchas dulzainas y ministriles, con que recibieron todos mucho gusto. Luego se apeó del caballo, y dándoselo a sus criados, se sentó a la puerta de su tienda en una muy rica silla, aguardando que entrase algún caballero aventurero. Todos los caballeros que habían acompañado al esforzado Abenámar, se pusieron a una parte, haciendo todos una larga y vistosa carrera.

Estando ya los jueces puestos en un tablado, en lugar y en parte que pudiesen muy bien ver correr las lanzas, aguardaban todos que entrase algún aventurero. Los jueces eran dos caballeros Zegríes muy honrados, dos Gomeles y un Abencerraje llamado Abenámar. Este era alguacil mayor de Granada, oficio y cargo que no se daba sino a caballeros de gran cuenta y valor.

No tardó mucho de oírse un grande ruido de música de añafiles y trompetas, y mirando hacia la calle de los Gomeles, vieron desembocar por ella una bizarra cuadrilla de caballeros, con librea de damasco encarnado y blanco. Los penachos y plumas eran blancas y encarnadas.

Pasada la cuadrilla, iba un caballero en un caballo tordillo, vestido a lo turquesco, paramentos y cimeras de brocado encarnado, con todas las bordaduras de oro, y penacho de las mismas colores. La marlota y capellar sembrada toda de mucha pedrería de inestimable valor.

Así como lo vieron, fue de todos conocido que era el fuerte y bravo Sarracino.

Tras él venía un carro labrado a mucha costa, encima del cual se hacían arcos triunfales de extraño artificio, en los cuales estaban pintados los asaltos y escaramuzas, que habían pasado entre moros y cristianos en la vega de Granada, entre las cuales estaba la batalla tan reñida que pasó entre el valiente y valeroso mancebo Garcilaso de la Vega, y Audalá, moro de gran fama, sobre el AVE MARÍA, que llevaba escrita en la cola del caballo: tan naturales parecían en la pintura, que era cosa muy peregrina.

Debajo de los cuatro arcos triunfales le hacía un trono en redondo, que por todas partes se podía bien ver era de blanco y finísimo alabastro, y en él entretalladas muchas y diferentes labores. Iba puesta encima del trono una imagen muy hermosa, vestida de brocado azul, con muchos recamados de oro; todo ello de mucho precio y estima. A los pies de la bella imagen muchos militares despojos y trofeos, y el Niño Amor vencido y arrodillado ante ella, quebrando su arco y rota su aljaba, tirando la imagen a todas partes las saetas, y denotando que a todos hería de amores.