El bravo Sarracino llevaba una divisa de un mar, y en ella un peñasco combatido de muchas ondas, y una letra que decía:

Tan firme está mi fe como la roca,

Aunque el viento y el mar siempre la toca.

Esta letra se extendía por toda la plaza, para que a todos fuese manifiesta.

Así entró el valeroso Sarracino con su carro, no menos rico y costoso que el del mantenedor Abenámar, al cual carro tiraban cuatro caballos bayos, muy briosos y ricamente enjaezados: y así con solemne música dio vuelta el bravo Sarracino a la plaza, dando a todos los que le miraban muy gran contento.

Luego conocieron todos el retrato, que era de la bellísima Galiana. Decía todo el vulgo: «Bravo competidor tiene el mantenedor.»

La reina, admirada de la singular destreza del artífice que retrató aquel bello trasunto, y cuán natural estaba con su original, se volvió a Galiana, y la dijo admirada:

—Secreto estaba este negocio para conmigo, no me podrás negar ahora de tus amores: bizarro y galán caballero has escogido. No le faltaba nada de esto a Abenámar, pero en este caso no hay que disputar por ser de tu gusto.

Galiana disimulando calló. El rey dijo a los caballeros:

—No es posible sino que hoy hemos de ver cosas dignas de memoria, porque el mantenedor es muy esforzado y los aventureros valerosos, que cada uno ha de procurar alcanzar la victoria, por defender su dama, y por ganar el premio del contrario.