Y deteniéndose miró a ver la suerte que haría el venturoso Sarracino, el cual estaba muy confuso y descontento, habiendo visto el golpe que había hecho el valeroso Abenámar, y mostrando buen ánimo, confiado en su mucha destreza, tomó una lanza, y poniéndose en la carrera arrancó con tanta velocidad, como si fuera una bala despedida de una culebrina por la gran violencia de la encendida pólvora, y tendiendo la lanza la llevó tan seguida, que la metió por medio de la sortija, y se la llevó dentro de la lanza.

Toda la gente que estaba mirando la justa dieron muy grandes voces, diciendo:

—Abenámar ha perdido; su retrato y cadena la ha ganado el vencedor Sarracino, porque la fortuna le ha sido muy favorable, y está de su parte la victoria.

Cuán ufano quedó Sarracino con la algazara que levantaron todos, no se puede encarecer, porque ya se consideraba poseedor de los premios del vencido; y así dijo, que le entregara el retrato y la cadena, pues la había ganado.

Mas el valeroso Muza, que era padrino del mantenedor Abenámar, replicó que no había ganado, porque eran tres lanzas las que habían de correr, y faltaban las dos. El padrino de Sarracino, que era un caballero Azarque, dijo que era ganado el premio con aquella lanza; y todos daban voces, cada uno alegando su derecho.

Los jueces mandaron que callasen, que ellos lo determinarían, y fue determinado que no había ganado Sarracino, atento que le faltaban dos lanzas que correr.

Sarracino estaba ardiendo en viva cólera, porque no le daban los premios ya ganados por la voz del pueblo, y más se encolerizó cuando sentenciaron que aún no había ganado. No estaba con menos cólera Abenámar que Sarracino, por haber perdido la primera lanza, y porque el vulgo le había dado el lauro a Sarracino.

Quien en estos debates mirara a Galiana, viera en su rostro una mudanza extrañísima de alegría que tenía por la desgraciada suerte que había tenido en la primera lanza el valiente Abenámar; y lo contrario se viera en Fátima por la buena suerte de Sarracino, aunque con discreción disimulaba su pena, pero no tanto que no se sintiese.

Y Jarifa, como dama en quien había tanta discreción, le dijo a Fátima:

—Amiga, mal le va a vuestro caballero y galán Abenámar: si así es hasta el fin, no le arriendo la ganancia.