—No tengo cuenta con eso —respondió Fátima—; pero si ahora le ha ido mal, podrá ser que le vaya bien después, y tanto que te pese, lo cual veremos al fin.

—Bien dices —dijo la hermosa Jarifa—, y eso aguardo; pero cree que los buenos principios siempre traen buenos fines.

—Eso niego —dijo Fátima—, y espero que me dirás que tengo razón, por este símil. Bien has visto y oído que un enamorado galán, en las primicias de sus amores, sirve a su dama con gran cuidado, siendo puntual en darla gusto, en regalarla, en darla músicas, en rondarle la casa, y en idolatrarla. Hácele mil promesas, que mientras más fuere, más la servirá y querrá, y que tan imposible será el dejar de quererla, como dejar el sol de calentar en el estío, y querer arrebatar con la mano la luciente luna de su lugar, y otros muchos imposibles que dicen, y sobre todo, el casarse con ella, todo con motivo y fundamento de gozar la dama a quien desea. La inocente, obligada con obras y promesas, entrégale su libertad, y viene en su deseo y gózala. ¿Aquestos son buenos principios, Jarifa?

Ella respondió:

—Sí.

Dijo Fátima:

—Pues apenas ha gozado la rendida dama el fraudulento amante, cuando, porque pasando un caballero por su casa le quitó el bonete por cortesía, dicen luego que es su galán, y que no se admiran, que quién entregó su honor a él, lo entregará a muchos; no queriendo admitir el perverso y fementido amante, que debajo de sus promesas y juramentos se le rindió la desdichada dama. Mira, Jarifa, cuánta es la malicia de los que esto usan, y traen por flor, que por solo que le dio algún rayo del sol en su balcón, desisten de la amistad de la recogida dama, y la dejan burlada, presa de amor, y deshonrada, por cuya causa viene a tener desastrado fin. ¿Son estos buenos fines?

—No por cierto —dijo Jarifa—, y confieso ser así lo que dices, y así pasa hoy en el mundo, y yo conozco algunas señoras pobres, cuya hermosura han gozado algunos caballeros, y solo por ser pobres las han dejado, y están arrinconadas y perdidas para siempre; por lo que debemos las doncellas escarmentar en cabeza ajena, y no creer a nadie de ligero, sino ir con el gusto de nuestros padres. Y si te parece miremos a los competidores.

Y mirándolos, vieron como Abenámar tomó otro caballo y lanza, y aunque disimuló, ardiendo en cólera por la mala suerte pasada, arrancó a toda furia, y tendiendo la lanza la llevó derecha como una bala, y pasando por la sortija como un pensamiento, se la llevó dentro de la lanza.

La gente dio gran gritería diciendo: