Abenámar, que con él estaba picado por lo que ya hemos dicho, respondió que si por vía de escaramuza entendía cobrar algo de lo perdido, que le avisase si quería luego cobrarlo, o que se quedase para cuando hubiese ocasión, que él le cumpliría de justicia a medida de su deseo.
Los jueces y padrinos los apaciguaron, y no consintieron que se tratase más en aquel caso. Sarracino salió de la plaza junto con los caballeros que le acompañaron. Abenámar mandó poner los ricos despojos a los pies de Fátima, su señora, sonando al ponerlos muchos instrumentos músicos.
El gozo y alegría que sintió la discreta y hermosa Fátima fue grande, por la alcanzada victoria; y más cuando vio a los pies de su retrato trofeos tan ricos y estimados.
Mas todo este regocijo lo celebraba entre sí, por disimular el mucho amor que tenía a su querido Abenámar, porque ella no quería que con demasiada certidumbre supiesen lo que sospechaban; en lo cual era muy diferente en el gusto que las otras damas de palacio, que se holgaban siempre de que sus negocios se supieran.
CAPÍTULO X.
Que declara el fin que tuvo el juego de la sortija, y el desafío que hubo entre el moro Albayaldos y el maestre de Calatrava.
Ya se ha dicho como Sarracino salió de la plaza lleno de coraje por haber tenido tan mal suceso en el juego de la sortija; y lo que más sentía, era haber perdido el hermoso retrato de su señora.
Entrando en su casa se despidieron de él todos los caballeros que le habían acompañado, y él muy airoso se despidió de todos, y se apeó del caballo, se quitó la cimera y plumas, y toda la librea, y con iracunda cólera dio con todo en el suelo; y se subió a un aposento, y recostándose en su cama empezó a quejarse de su corta ventura, y contra sí decía:
—¿Di, bajo caballero, ruin y de poco valor, qué cuenta darás a tu señora Galiana de su hermoso retrato y rica manga, perdido todo por tu poco esfuerzo y destreza? ¿Con qué rostro, di, osarás parecer en su presencia? ¡Oh Mahoma traidor, porfiado y engañador! En el tiempo que habías de favorecer mis esperanzas me faltaste. Di, enemigo falso, ¿no te acuerdas que te prometí hacer toda tu efigie de oro, y de quemar en tu mezquita gran cantidad de incienso si me dabas victoria este día? ¿Pues por qué me la negaste? Pero bien entiendo de cierto que no tienes ningún poder. Mas, vive Alá, que por vengarme de ti me tengo de tornar cristiano, y he de seguir aquella santa ley, y dejar tu falsa secta, que por aquí se salvará mi alma perdida.
Estas y otras muchas cosas decía Sarracino, consolándose con su buen propósito.