Galiana sintió mucho la desgraciada suerte de su querido amante, y se le echaba bien de ver, pero con su discreción lo disimulaba, hablando con la reina y las damas, las cuales la consolaban diciendo que no porque su amante hubiese perdido su retrato, quedaba cautiva; que se riese de todo.
—Ninguna pena tengo de eso —dijo Galiana—, porque son aventuras de caballeros.
Y aunque decía esto, tenía en su alma una mortal envidia, y entre sí decía: «¡Ay, Abenámar victorioso, y cómo ahora te vengarás a gusto en mi retrato de la ingratitud que contigo usé, y cuán vana y gozosa estará tu dama con los vencidos despojos!» Celima la consolaba de secreto, diciéndola que no diese nota de sí con extremos, porque no fuese sentida de la reina y de sus damas. Galiana disimuló cuanto pudo su dolor y pena, y procuró desecharla.
Estando en esto, se oyó un ruido por toda la plaza, y mirándola toda, vieron que entraba por la calle de Elvira una gran serpiente, echando de sí mucho fuego; tras ella venían treinta caballeros ricamente vestidos de una librea blanca y morada, con penachos de la misma color ellos y sus caballos.
En medio de todos venía un caballo sin jinete, con cubiertas y guarniciones de brocado morado y blanco; también venía una sonorosa música de ministriles y dulzainas.
La serpiente dio una vuelta a toda la plaza, y enfrente de los miradores del rey y de la reina, y de los caballeros y damas, se paró, echando por la boca y oídos muchísimo fuego.
Era grande el estrépito que hacían los cohetes y ruedas con invenciones de fuego, que por la boca salían; y con el artificio que tenía la sierpe mediante el fuego que la quemó toda, se abrió por medio, y pareció un caballero vestido de brocado morado y blanco, con muchos recamados de oro; el penacho era de plumas blancas y moradas.
Con él estaban cuatro salvajes muy al natural, los cuales tenían una rica silla guarnecida de terciopelo morado, y la clavazón de oro, en la cual estaba el retrato de la hermosa Jarifa, que fue luego conocido, y el caballero ser Abindarráez.
El retrato estaba vestido de brocado blanco y morado, de luceros de oro, las orlas bordadas de oro y plata, con un tocado vistoso. Estaba tan natural el retrato, que era muy semejante al original.
El rey y la reina, y todas las damas miraron a Jarifa, que con una honesta vergüenza se encendió el rostro, lo que aumentó su hermosura, y la reina la dijo: