—Llegado ha, Jarifa, la hora en que se ha de ver el esfuerzo de vuestro amante, y si alcanza victoria del vencedor Abenámar.
—Haga la fortuna lo que quisiere —dijo Jarifa—, que tan buen rostro haré a lo uno como a lo otro.
Y con esto cesaron, por ver lo que haría el valiente Abencerraje.
El caballero pidió luego su caballo, y traído subió en él, y fue dando vuelta a la plaza, acompañado de sus caballeros, llevando en medio a los salvajes que llevaban la silla, y en ella el retrato de la hermosa Jarifa, que a todos admiraba su hermosura y maravilloso adorno; y en llegando adonde estaba el invencible Abenámar, se arrimaron los cuatro salvajes a los dos carros triunfantes que estaban junto al aparador de las joyas preciosas y ricas, y levantando estos la rica silla en una parte muy alta, la pusieron sobre sus hombros, porque el hermoso y bello retrato fuese bien visto de todas.
El valiente y esforzado Abindarráez se llegó al fuerte mantenedor, y le dijo:
—Vencedor caballero, ¿sois servido que corramos tres lanzas con las condiciones que están dichas?
El valiente y esforzado Abenámar le dijo:
—Para eso estoy aquí.
Y tomando al instante una lanza, lozaneando su caballo se puso enfrente de la carrera, y corrió tan bien, que llevó la sortija dentro de la lanza, y volviéndose, la mandó poner en su mismo lugar.
No se espantó ni admiró Abindarráez de aquello, antes cobró un nuevo ánimo, y puesto en la carrera, fue tal y tan seguida su lanza, que en el hierro de ella quedó metida la sortija. La gente toda movió gran ruido y vocería; mas luego se puso en silencio por ver el fin de las otras dos lanzas.