El mantenedor muy enojado por el buen suceso de su contrario, tornó a la carrera, y fue con tal brío y tan buen pulso en la mano, que se llevó segunda vez la sortija en la lanza. El bravo Abindarráez hizo lo mismo en la segunda carrera.
Levantose gran gritería, y todos decían:
—No hay ventaja del mantenedor al aventurero; iguales son en todo.
Grandes eran los temores de las hermosas moras Fátima y Jarifa, por no saber quién había de ser el vencido, estando su buena o mala suerte en la lanza que faltaba, aunque ambas estaban confiadas en el esfuerzo y valor de sus amantes.
El animoso Abenámar tomó otra lanza, y con mucho donaire se volvió a llevar la sortija con no poco contento suyo y de su señora Fátima, la cual habiendo visto el buen suceso y ventura de su amante, no cabía de contento; y mirando a Jarifa, la vio robado el color hermoso de su rostro, y viéndola así, dijo Fátima:
—Hermana Jarifa, mal has cumplido la palabra que dijiste a la reina mi señora, pues si te acuerdas, diciéndote que era llegado el tiempo en que se había de ver el esfuerzo de tu caballero en alcanzar victoria, respondiste que tan buen rostro harías a lo uno, como a lo otro: ¿cómo tan presto te se mudan los colores? Consuélate, que será posible le suceda bien en la lanza venidera.
—En duda pongo eso —dijo la reina—, y a maravilla tendré que Abindarráez lleve la sortija.
Y mirando, vieron cómo partió, y dio al soslayo la lanza en la sortija. Luego se oyó acordada música del mantenedor en señal del vencimiento.
Llamaron a Abindarráez los jueces, y le dijeron que ya sabía como había perdido, que entregase el retrato al vencedor. Él dijo:
—Pues si es así, entréguese en él, que bien sé que hoy le favorece la fortuna y a mí me ha sido adversa; y lo que me consuela es que ha sido mi pérdida en juego, no en escaramuza ni pelea.