Mas aunque decía esto Abindarráez, le quedaba otra cosa en su pecho, que no quisiera haber perdido el retrato de Jarifa por cuanto había en el mundo. Luego se puso el retrato de Jarifa a los pies de Fátima, sonando la música del mantenedor.
La reina, viendo poner el retrato, dijo a la hermosa Jarifa:
—¿Estás satisfecha que el retrato de Fátima no vendría a tus manos? ¿No te decía yo, que no hablases de confianza? Pues mira tu retrato a los pies de Fátima. ¿No sabes que Abenámar es uno de los buenos caballeros de la corte, y que Abindarráez ni algún otro caballero no le llevarán ventaja? Y si no atiende, y verás cómo no han de ser solos los retratos que ahora están rendidos.
—Basta —dijo Jarifa—, que la ventura de Abindarráez ha sido corta en esto, y consuélome con que en otras ocasiones ha sido muchas veces victorioso.
Abindarráez se salió de la plaza, llevando consigo todos los de su guarda, y a los cuatro salvajes; y antes que saliese le mandaron llamar los jueces para darle joya por galán y buena invención, y vuelto, uno de los jueces, que fue Abencerraje, descolgó dos ajorcas de oro, de precio de doscientos ducados, y se las dio.
Abindarráez las tomó con mucha alegría, y las puso en la punta de la lanza al son de sus músicos, y fue bien acompañado a los miradores de la reina, y haciendo la debida reverencia, rindió la lanza hasta donde estaba su señora Jarifa, y la dijo:
—Dama hermosa, teniendo presente el original, no me da mucha pena la ausencia del referido retrato: yo hice lo posible, la fortuna me fue contraria, y esto no porque en vuestra hermosura haya defecto, sino en ser juego, no en fuerzas. De invención y de galán se me dio esta joya; sed servida de recibirla, aunque no sirva sino de memoria de que no os defendí como debiera.
Jarifa, riéndose, tomó las ajorcas y le dijo:
—Con esto me consuelo, porque lo habéis ganado por galán, y por invención mejor; y pues se perdió el retrato, me alegro de que cayó en tales manos, que le tratarán como quien son.
Fátima quisiera responder, y no pudo, porque entró en la plaza una grande peña, tan natural como si fuera quitada de una sierra, cubierta de muchas y diversas yerbas y flores, y dentro sonaba gran suavidad de música.