Al derredor de la peña venían doce caballeros de librea de brocado pardo, con grandes cuchilladas, y por ellas se aparecía un forro de brocado verde, que lucía y campeaba mucho por la ropa parda y oscura. Los extremos de las cuchilladas estaban tomados con lazadas de oro con unos ramillos a modo de caracol. Las sobreseñales, penachos y testera eran de plumas verdes y pardas.
Atentos estuvieron todos en la peña, por ver el fin de la aventura, la cual en confrontando con los miradores del rey y de la reina, se detuvo, y vieron cómo se apeó del caballo uno de los doce caballeros, y era el más galán, y más bien dispuesto de todos; y luego fue conocido que era el valeroso Reduán, y se holgaron mucho los que le miraban, viendo su buen talle, gracia y disposición; y mirando lo que haría, vieron que echó mano a un alfanje damasquino, y embistiendo con la peña, la daba grandes golpes; y en la parte que daba abrió una terrible y espantosa boca, y por ella salían muchas bombas de fuego, y tanto, que le convino retirar a su caballo, porque era el incendio mucho.
Y siendo ya consumido el fuego, por la boca donde salía brotó cuatro demonios muy ferocísimos, cada uno con una honda de fuego en la mano, y todos con mucho ánimo embistieron con el esforzado Reduán; pero el buen caballero peleó con ellos con mucho valor, de suerte que los encerró en la peña.
No bien hubieron entrado, cuando salieron cuatro salvajes con unas mazas en sus manos, y comenzaron a pelear con Reduán, y él con ellos, y en un instante fueron vencidos los salvajes, y entrolos por fuerza en la peña, y Reduán con ellos.
En entrando dentro fue cerrada la boca de la peña; luego se oyó mucho ruido y estruendo de pelea; y en cesando oyeron una música tan agradable y suave, que se suspendieron los sentidos de los oyentes a la dulce armonía.
No tardó mucho en abrirse la boca de la peña, y por ella salió el vencedor Reduán con los cuatro salvajes, los cuales traían un arco de oro, tan industrioso, que admiraba, y talladas muchas historias antiguas y modernas, y debajo del arco puesta una silla de marfil, y en ella sentado un retrato de una bellísima dama, vestida de brocado azul, forrado todo de tela naranjada. El tocado era curioso, puesto a lo greciano.
Fue muy notado el artificio de todos, y más la suma belleza del retrato; y fue conocido que era Lindaraja, dama Abencerraje, cuya hermosura pudiera competir con la de las tres diosas de la discordia de la manzana, y sin duda que Paris sentenciara en su favor.
Tras del retrato venían todos los músicos tañendo y cantando dulcemente, y luego venían los demonios atados en una cadena. Fue una cosa que a todos puso grande admiración.
Habiendo salido toda esta compañía de la peña, comenzó a disparar de sí mucho fuego, con el cual fue toda consumida: luego se le dio un fuerte caballo a Reduán, y con ligereza subió en él; y dando vuelta a la plaza, hizo su acatamiento al rey, a la reina y a las damas, y en llegando a la tienda del mantenedor le dijo:
—Aunque la condición puesta es de correr tres lanzas, si sois servido corramos solo una, y en esa se concluya el premio de las tres.