—Si es ese vuestro gusto, dijo Abenámar, yo soy contento de dároslo.

Y dicho esto tomó una buena lanza, y paseándose se puso en la carrera, y partiendo como una saeta, dio un bote de lanza en el extremo de la sortija, por la parte de arriba en derecho, que aunque no se la llevó, fue muy buena suerte, y dificultosa de ganar.

Volvió paseándose a su tienda, para desde allí ver la suerte que hacía su contrario, el cual tenía ya una muy gruesa lanza, y estaba en la carrera, y diola con gallardo aire y brío, y al dar el golpe fue más galán que venturoso, porque erró la sortija y fue por alto la lanza; y pesándole mucho por haberle salido su pensamiento tan incierto, volvió diciendo:

—Tan desgraciado soy en lo uno como en lo otro.

Los jueces le dijeron:

—Perdido habéis, caballero, mas por vuestra extremada invención y mucha gala, llevaréis premio.

Fuéronle dadas unas arracadas turquescas de oro de Arabia, de valor de doscientas doblas por la mucha hechura que tenían.

El arco triunfal de cuatro partes hecho, y la silla con el retrato de Lindaraja, fue puesto a los pies del triunfante y victorioso retrato de la hermosa Fátima, que no poco alegre y contenta estaba con la buena ventura que su caballero había tenido, y muy envidiosas Jarifa y Galiana en ver tantos trofeos a los pies de la efigie de Fátima.

El gallardo y animoso Reduán tomó las arracadas con disimulación de su tristeza, y poniéndolas en la punta de la lanza, siendo acompañado de muchos caballeros y música, las llevaron a los miradores de las damas donde estaba la hermosa Lindaraja, y alargando la lanza le dijo:

—Servíos, señora, de recibir este pequeño don, aunque me cuesta caro; pero no mirando mi poca suerte en lo que toca al juego de sortija, sino al grande deseo que tuve de haceros triunfadora de todos los despojos: mas la fortuna está hoy de parte de Abenámar, y así no soy culpado. Recibid, bella señora, las joyas por oprobio mío, para que cada vez que yo las vea en vuestro poder, traiga a la memoria cuán mal os defendí.