—Uso es de damas —respondió la discreta Lindaraja—por cortesía recibir lo que se les da, y por ser costumbre por eso las recibo; pero sabe, caballero, que me ha pesado que sin mi consentimiento hayáis sacado mi retrato; y pues que no hubo voluntad mía, no tengo por pérdida la vuestra, ni reconozco ventaja a la Zegrí Fátima, porque soy Lindaraja Abencerraje.
Y diciendo esto tomó las joyas de la punta de la lanza, haciendo la debida cortesía a su galán.
Bien quisiera replicar Reduán, y poder responder a su señora; pero hubo mucho alboroto, porque vieron entrar una galera, que parecía ir navegando con el trinquete.
La chusma iba bogando, y parecían dividirse en cuatro cuarteles, vestidos de colores, uno de damasco verde, otro de morado y otro de azul. La palamenta, árboles y entenas iban doradas, la proa hecha de plata con sus barandillas torneadas, muy curiosamente obradas.
Traía tres fanales de oro, el espolón era de plata, las velas de brocado blanco con fleco de oro y seda, y muchos gallardetes, flámulas y barandillas de diferentes colores. La divisa de la galera era un salvaje desquijarando un león, divisa antigua de los valientes Abencerrajes. Los marineros y proeles venían vestidos de rico damasco, tejidos y guarniciones de finísimo oro. Las jarcias eran de seda morada.
Traían curiosamente hecho en el espolón un mundo de cristal, y en círculo una faja de oro y unas letras que decían: Todo es poco; bravo blasón, y solo digno del grande Alejandro o de César, aunque les vino notable daño al linaje de los Abencerrajes, del cual venían treinta caballeros mancebos dentro de la galera con libreas de brocado encarnado y blanco, con recamos y tejidos de oro.
El capitán era un caballero llamado Abin-Hamete, vestido de trajes muy ricos. Venía arrimado al estanterol, el cual era de oro de martillo.
De esta manera entró la bizarra galera en la plaza, y llegando enfrente de los miradores reales disparó el cañón de la crujía y todas las demás piezas con tal violencia que parecía estar batiendo los miradores. Acabadas de disparar las piezas, comenzaron cien arcabuceros a escaramucear unos con otros, que parecía ser batalla formal.
Al disparar la galera su artillería, respondió con la suya la Alhambra y Torres-Bermejas. Era tanta la artillería y arcabucería, que parecía batirse la ciudad; y admirados todos de la brava y costosa invención, decían que no se había hecho tal entrada como aquella.
De mortal rabia y envidia ardían los Zegríes y Gomeles en ver que los Abencerrajes hubiesen hecho semejante grandeza como la de la galera, y con insaciable envidia dijo un Zegrí al rey: