—No puedo entender donde han de llegar los pensamientos de estos Abencerrajes y sus pretensiones, que tan encumbradas van, que en cierta manera oscurecen las obras y hechos de vuestra alteza y de sus antecesores.

—No tenéis razón —dijo el rey—, que más temido y estimado es un rey teniendo caballeros de esfuerzo y valor en su corte y en su servicio, que no teniendo caballeros de poca cuenta. Los caballeros Abencerrajes, como son descendientes de reyes, son valerosos, y procuran extremarse en todas las cosas que hacen, y a mí me parece bien.

—Bueno fuera —dijo un caballero de los Gomeles— si sus cosas fueran enderezadas a un llano y buen fin, pero pasan por muy alto sus altivos pensamientos.

—Hasta ahora no han hecho cosa —dijo el rey— que no corresponda a nobles, ni de ellos se puede presumir que la harán, porque todos sus fines se inclinan a virtud.

Con aquesto cesó la plática, porque la galera dio vuelta por toda la plaza, y fueron conocidos todos los caballeros Abencerrajes, cuyas proezas y grandes hazañas a todos eran notorias.

Llegada la galera junto al mantenedor, saltaron en tierra todos los treinta caballeros, y fueron servidos de feroces y briosos caballos, encobertados del mismo brocado encarnado, y adornados de penachos y testeras riquísimas.

No hubieron los bizarros Abencerrajes saltado en tierra cuando la galera volviendo al son de los músicos instrumentos, y disparando toda la artillería, se salió de la plaza, y a ella respondió el Alhambra.

Ahora será bien volver al falso Reduán y a Abindarráez que todavía estaban en la plaza por ver lo que pasaría.

Reduán estaba muy triste y muy descontento por lo que Lindaraja le había dicho, y se llegó a Abindarráez y le dijo:

—Oh mil veces afortunado Abindarráez, cuán contento vives por saber que tu señora Jarifa te ama, que es la mayor felicidad que puede dar fortuna. Y yo cien mil veces desdichado, pues que sé claramente que no me ama aquella mi dulce y bella ingrata, que hoy me ha despedido con rigor.