—Sepamos —dijo Abindarráez— quién es esa dama a quien estás tan rendido, que tan mal te corresponde.
—Es tu prima Lindaraja —respondió Reduán.
—¿Pues no sabes cómo quiere y ama a Hamete Gazul, porque aquese es su gusto, y lo sé yo mucho ha? Da orden de apartarla de tu imaginación, porque sé de muy cierto que siembras en tierra estéril, y no has de sacar de ella nada, dijo Abindarráez, no porque no llevas buena insignia de tu pasión, y muy bien lo has publicado; mas no hay que hacer caso de mujeres, porque brevemente se vuelven como la veleta a todos vientos.
Decía esto Abindarráez sonriéndose, y de verdad, porque Reduán sacó aquel día una avisada insignia de su pena, que era un mongibelo ardiendo en vivas llamas, con una letra que decía así: Más está mi alma.
Y viendo Reduán que Abindarráez se sonreía, le dijo:
—Bien parece que vives contento; quédate en paz, que yo ya no puedo sufrir la pena que atormenta mi corazón afligido.
Y dicho esto picó apriesa, y se salió de la plaza con sus caballeros: Abindarráez hizo lo mismo despidiéndose de su Jarifa.
Los treinta Abencerrajes de la galera estaban puestos en orden para la sortija, y el capitán de ellos se llegó al mantenedor diciéndole:
—Caballero, nosotros no tenemos retratos de damas para ponerlos en competencia; queremos solamente correr cada uno con vos una sortija, como es fuero entre gente hidalga.
Abenámar respondió que era contento de ello, y empezando a correr su lanza con cada uno, los Abencerrajes lo hicieron tan bien, que el mantenedor perdió muchas joyas, las cuales dieron ellos a las damas a quien servían: comenzaron después una escaramuza muy agradable a la vista y dando carrera se salieron de la plaza, quedando todos muy contentos.