de esta nuestra fortaleza,

que sale con tanta pompa.

Si entró la galera suntuosa, no con menos aparato entró el castillo. Ninguno podía entender de qué fuese fabricado, sino que parecía de oro, con muchas labores y follajes, y muchas batallas, y con artificio sonaba dentro mucha música, y muy acordadas dulzainas, ministriles y trompetas bastardas e italianas, que era cosa de oír. Anduvo el castillo hasta ponerse enmedio de la plaza, y allí paró.

Venían tras de él muchos caballeros vestidos de libreas costosas, los cuales traían del diestro treinta y dos caballos, con muy ricos jaeces y paramentos de brocado de diversos colores, como adelante se dirá.

Pues mirando al castillo, vieron que por la parte de los pendones de brocado verde se abrió una grande puerta, y sin aquesta había otras tres ocultas por las partes de los pendones.

Abierta, pues, la primera, salieron por ella ocho caballeros con libreas de brocado verde, con penachos y plumas verdes. En saliendo, les dieron ocho poderosos caballos encobertados de brocado verde, los penachos de la testera eran también verdes; y los caballeros sin poner pie en los estribos subieron en los caballos, y luego conocieron ser Zegríes.

Llegáronse al mantenedor, y le dijeron:

—Mantenedor victorioso, aquí venimos ocho caballeros a probar vuestro valor en el juego de la sortija; ¿sois contento que corramos una lanza cada uno?

—Si ese es vuestro gusto, también lo es el mío —respondió Abenámar—, aunque venís contra lo dispuesto por el pregón, por no traer retratos de vuestras damas.

Y diciendo esto tomó una lanza, y se paseó muy bien; y finalmente de los ocho Zegríes ganaron los cinco joya, y los tres no; y los gananciosos sirvieron a sus damas con ellas, al son de diversa y mucha música.