—Por cierto, caballero Zegrí, que en lo que habéis hablado no tenéis ninguna razón, porque los Abencerrajes son caballeros tan modestos que, por próspera fortuna que tengan, no alcanzan más ni menos, ni por adversa que les venga se bajan; continuamente se están en un ser, y siempre viven en una manera con todos, siendo afables con los pobres, y socorriéndolos; magnánimos con los ricos, y amigos sin doblez ni maña ninguna, y así no hallaréis que en Granada ni en todo su reino haya caballero Abencerraje mal quisto, ni de nadie mal querido, sino es de vosotros los Zegríes y Gomeles, y sin razón los tenéis odiados.

—¿Sin razón os parece? —dijo el caballero Zegrí—. ¿Luego no es causa suficiente para aborrecerlos el haber muerto violentamente en el juego de cañas al Zegrí Mahomad, cabeza de todo nuestro linaje?

—¿Y no os parece —dijo el Abencerraje— que se movieron los de mi linaje con suficiente causa, pues todos los Zegríes se juntaron, e hicieron traición contra los Abencerrajes para matarlos, y fueron armados con jacos y cotas debajo de las armas, y en lugar de cañas tiraban lanzas con hierros agudos, lo cual experimentó bien Malique Alabez, pues le pasó el brazo de una parte a otra? Así que manifiestamente ha parecido estar en los Zegríes la culpa, y con saberlo muy de cierto que fuisteis culpados, tenéis un rencor mortal contra nosotros, y nos buscáis mil calumnias.

—Pues así culpáis a los Zegríes —dijo el Zegrí—, y decís que ellos fueron agresores y cabeza de bando, ¿por qué causa iba Alabez armado?

—Yo os lo diré —dijo el Abencerraje—. Habéis de saber que uno de los convocados le dio aviso de la traición, y así se previno él, y por entender que semejante villanía no harían tales caballeros, no dio aviso a los Abencerrajes; y creedme, que si lo diera, no había de ser solo Mahomad, sino que fueron como de juego, y no como de pelea. Pero con todo eso recibid lo que ganasteis, pues Malique Alabez vengó bien su herida.

—Si la vengó —dijo el Zegrí—, espero en Alá Santo que lo ha de pagar algún día.

El rey y muchos caballeros estuvieron escuchando el coloquio que había pasado entre el Abencerraje y el Zegrí, y quisieron responder algunos Zegríes; y visto por el rey que se iba encendiendo el fuego, les mandó callar, pena de la vida, porque no se revolviera alguna pendencia. Oído el mandato callaron, quedando de nuevo encontrados, y con intento de vengarse unos de otros.

Estando en esto entró en la plaza un carro triunfante dorado de fino, en las esquinas y cuadrángulos talladas todas las cosas que habían sucedido desde la fundación de Granada hasta el día presente, y dibujados los reyes y califas que la habían gobernado. Oíase dentro del carro una acordada música de muchos instrumentos.

Encima del carro venía una gran nube, puesta con tanto artificio, que causaba admiración. Echaba de sí infinidad de truenos y relámpagos, que su braveza ponía espanto a quien lo miraba. Tras esto llovía una menuda gragea de anís con tal concierto, que a todos ponía espanto; toda la plaza anduvo desta manera, y como fue junto de los reales miradores, con gran sutileza fue abierta en ocho partes, descubriendo dentro un cielo azul hermosísimo, adornado de muchas estrellas de oro muy relucientes.

Estaba puesto por su arte un Mahoma de oro, sentado en una silla, y en las manos una corona de oro, que la ponía sobre la cabeza del retrato de una mora en extremo hermosa, la cual traía sus cabellos sueltos como hebras de oro: venía vestida de brocado morado, toda la ropa acuchillada, y todos los golpes venían tomados con broches de diamantes y esmeraldas. La dama fue conocida de todos, que era la hermosa Cobaida.