A su lado estaba sentado un caballero, vestido de la misma librea de la dama, y plumas moradas y blancas, con argentería de oro, y el remate de ello lo tenía el retrato, que parecía estar preso.

El caballero fue conocido que era Malique Alabez, que habiendo sanado de las heridas que le había dado el maestre, quiso hallarse en las fiestas, y por la confianza que tenía de su destreza.

El caballo era del maestre, y salió encobertado del mismo brocado, testera y penachos de la misma color.

Grande fue el contento que todos recibieron en verle, porque le querían mucho, y mayor el gozo de su señora Cobaida, por ver el artificio y autoridad con que venía su retrato.

Todos esperaban que empezase Alabez las suertes, por la satisfacción que de él tenían, el cual se fue paseando poco a poco delante de su carro, por ser bien visto de todos; y en llegando adonde estaba la tienda del mantenedor, se detuvo y le dijo:

—Caballero, conforme a las condiciones, ¿gustáis de que corramos tres lanzas, que aquí traigo el retrato de mi señora?

—Soy contento —respondió Abenámar, y diciendo esto, tomó una lanza, y corrió con tan buen aire, que se llevó la sortija dentro de la lanza.

Alabez corrió e hizo lo mismo. En todas las tres lanzas se llevó siempre la sortija. Levantaron vocería, diciendo:

—Bravo caballero es Alabez, pues no ha perdido lanza; buena joya merece.

Los jueces habían tratado que pusiesen juntos los retratos de Abenámar y Alabez, pues ambos eran buenos caballeros, y que por su valor se le diese a Alabez una buena joya por la sutil y vistosa invención que trajo.