Llamáronle, y venido luego pidió su retrato, y junto con él le dieron una navecilla de oro, con todos su aderezos, y él la tomó, y al son de muchos instrumentos dio la vuelta a la plaza, y en llegando al mirador de la reina, en cuya compañía estaba la hermosa Cobaida, y poniendo la navecilla en la punta de la lanza y dándosela, la dijo:

—Servíos, dama hermosa, de esta nave, que va viento en popa, como mi deseo.

Cobaida la tomó con rostro vergonzoso, que hermoseó más su belleza.

La reina miró la nave, y dijo:

—Por cierto que si navegáis con tan buen piloto, como el que la ganó, que os podéis tener por dichosa, aunque merecéis un rey.

Cobaida besó las manos a la reina por tanto favor.

Alabez se fue a su carro, y sentado como de antes, le pusieron la cadena al cuello al son de muchos instrumentos, y puesta se cerró la nube, comenzando a echar truenos y relámpagos con gran temeridad, que parecía querer quemar la plaza, y con esto se salió de ella.

El rey dijo a los caballeros:

—Alabez ha llevado el lauro de todas las invenciones, porque la suya ha sido la mejor que he visto jamás.

Los caballeros respondieron, que no se había visto tal sutileza.