En entrando por la plaza pusieron al punto los ojos en él y en su buen talle; y en solo su aspecto le consideraban victorioso y triunfante de los despojos ganados por Abenámar, y aun del retrato de su dama y de la estimada cadena. No hubo caballero ni dama a quien su vista no causara alegría.
En la parte izquierda del capellar traía una cruz colorada, la cual daba ser y adorno a su persona. El cristiano caballero poniendo los ojos en todas partes, dio vuelta a la plaza, y llegando a los miradores reales hizo gran reverencia al rey, a la reina y a las damas: a él le hicieron mucha cortesía, y las damas se levantaron en pie.
Fue conocido de todos el caballero cristiano, que era el maestre de Calatrava, de cuya fama y hechos tenía el mundo entera noticia. El rey se alegró en saber quién era, y que hubiese venido a honrarle su fiesta.
Habiendo, pues, dado vuelta a toda la plaza, llegó al mantenedor y le dijo:
—En tantos despojos y joyas como veo a los pies de ese hermoso retrato, cuya hermosura, noble caballero, dicen que defendéis, echo de ver el valor de vuestra persona; y así sois digno de que todos os honren y tengan en lo que se debe estimar tal caballero como vos. ¿Seréis servido de correr conmigo un par de lanzas, a ley de buenos caballeros, sin que haya interés de retrato?
Abenámar miró bien al caballero, y se volvió a Muza y le dijo:
—Este caballero me parece que es el maestre de Calatrava con quien trabaste tanta amistad; paréceme que en la cruz roja le quiero conocer.
Muza puso los ojos en el maestre, y luego le conoció, y le fue a abrazar diciendo:
—Seáis bienvenido, flor de toda la cristiandad, y aun también de la morisma, pues aquí os conocen por las obras contra su voluntad; y en Castilla y todo el mundo sois conocido solo por oídas.
El maestre le abrazó, agradeciendo lo que en su alabanza había dicho.