Atentamente escuchó el maestre todo lo que le dijo el valeroso Albayaldos, y con rostro risueño le respondió así:

—Si te ha sido alegría el verme con traje galán, y gustaras más de verme con armas, yo me holgaría infinito saber que esa era tu voluntad para venir prevenido, y que en aqueste día pusiéramos por obra lo que deseas: tu valor publican los cristianos que corren la Vega; y ahora lo confirmo en que me has desafiado. Dices tener deseo de verte conmigo por mi valor: otros muchos caballeros cristianos hay que honran mis hazañas, y con quien ganaras más fama; y si te incita a tener escaramuza la vertida sangre de tu primo el rey Mahomad, como dices, sé decirte, que no vi, ni sentí en él punto de cobardía, sino que murió como caballero peleando; y pues tu gusto es de probar tus fuerzas con las mías, yo soy contento de ello, y así mañana te aguardo en la fuente del Pino, donde estaré con solo un cristiano, padrino mío, que se llama D. Manuel Ponce de León; y para que estés cierto de que no habrá otra cosa, recibe este guante en señal de la escaramuza aplazada.

Diciendo esto, le dio un guante derecho; y el moro lo recibió, y le dio al maestre un anillo de oro, que era su sello. Muza y los caballeros quisieron que no se hiciera la escaramuza, mas no quiso ninguno desistir de su palabra dada; y así quedó hecho el desafío entre los dos para el día siguiente.

CAPÍTULO XI.

De la batalla que Albayaldos tuvo con el maestre de Calatrava, y cómo el maestre le venció y dio muerte.

El desafío de los dos valerosos caballeros aceptado, por ser ya tarde se fue el maestre, habiéndose despedido de todos: dejémosle ir y volvamos al fin del juego de sortija.

Pues como ya se había puesto el sol y no venía ningún caballero, los jueces mandaron a Abenámar, que dejase la tienda, pues no venía ningún caballero; que él lo había hecho, como todos tenían la confianza, y que había ganado mucho nombre, y ricos despojos y retratos muy hermosos; pero que al fin el de su Fátima excedía a todos.

El vencedor Abenámar mandó quitar el aparador de las joyas, que aún quedaban muchas y muy ricas.

Los jueces se bajaron del tablado y subieron a caballo, y pusieron enmedio al fuerte Abenámar y su padrino Muza, y con toda la caballería en su compañía, y al son de música dieron vuelta a la plaza, dándole mil parabienes de su victoria; y en llegando a los miradores reales de la reina, tocaron chirimías, dulzainas y atabales, y otros instrumentos, y dio a Fátima todos los despojos ganados en la sortija, diciendo:

—Toma, señora, lo que de derecho te toca, porque tu hermosura lo ha conquistado; y así es bien que lo goces y dispongas de ello a tu gusto como tuyo.