Fátima lo recibió todo sin responder; porque la vergüenza la ocupó; aunque con los ojos le dio mil gracias, cifra con que en tal caso los amantes se entienden.

No fue poca la envidia que causaron a Galiana y a Jarifa ver los ricos trofeos en poder de Fátima, y más les causó ver entre ellos sus retratos.

Estaba Galiana muy triste y imaginando cien mil cosas: consideraba que Abenámar había ordenado aquellas fiestas por vengarse de su ingratitud; y más lo sentía por ver ausente a Sarracino, que no volvió más a la plaza.

El rey, visto era tarde, se quitó de los miradores, y la reina, y se fueron al Alhambra.

Aquella noche cenaron con el rey todos los del juego de sortija, menos Sarracino que fingió estar indispuesto.

Con la reina cenaron las más principales damas de la corte, en la cual cena hubo muy alegres fiestas y un sarao público.

Danzaron todas las damas y caballeros con las libreas que habían jugado la sortija. Sola Galiana no danzó, porque estaba triste por la ausencia de su moro, aunque fingió estar indispuesta. Bien conoció la reina su pena, aunque lo disimulaba. Celima su hermana la consolaba lo posible, pero no admitía ningún consuelo, porque tenía el corazón muy lastimado.

El que se aventajó a todos fue el fuerte Gazul con la hermosa Lindaraja, a quien él tanto amaba, y ella a él; lo cual sintió mucho el fuerte Reduán de verse aborrecido de quien él tanto amaba; y ardiendo en rabiosos celos, propuso en su corazón el matar a Gazul; pero no le sucedió como pensó, según adelante diremos, en una escaramuza que ambos tuvieron sobre la hermosa dama Abencerraje.

De esta dama se hace mención en otras partes, y más en una recopilación del Bachiller Pedro de Moncayo, adonde la llama Celima. Llamáronla así por su lindeza, y porque era extremada en hermosura; pero su propio nombre era Lindaraja, por ser Abencerraje. Adelante se tratará de ella, y de Gazul después de la violenta y cruda muerte que se dio a los Abencerrajes por la traición que les levantaron.

Y tornando a la historia, siendo la mayor parte de la noche pasada en danzas, bailes y otros regocijos, y habiéndoles hecho el rey mucha honra a Abenámar y a los justadores, les mandó ir a reposar.