La noble y hermosa Fátima dio todos los retratos a las damas cuyos eran, pasando entre ellas muchos donaires y gracias, quedando muy obligadas a la triunfadora por la magnificencia que con ellas había usado.

Despedidos del rey los caballeros, se fue cada uno a su casa, y asimismo las damas que no eran de palacio.

Albayaldos no pudo reposar el resto de la noche, y tomando la mañana salió del Alhambra a aguardar a Malique Alabez, y en llegando le dijo:

—Tarde habemos salido de la fiesta.

—Así me parece —dijo Alabez—, pero hoy podremos reposar del trabajo pasado.

—Antes será al revés —dijo Albayaldos—, porque ayer vestisteis gala de brocado y seda, y hoy conviene vestiros de pelea con las duras armas.

—¿Pues por qué causa? —dijo Alabez.

—Porque tengo desafiado para hoy al maestre de Calatrava, y hemos de escaramucear en la Vega, y os he señalado por mi padrino.

—Pues con tal caballero tenéis aplazada escaramuza, plegue al santo Alá que os vaya bien con él, aunque yo lo pongo en duda, porque es muy diestro y experimentado en las armas; y puesto que me habéis recibido por padrino, vamos en buen hora, y por la real corona de mis antepasados que me holgaría que viniésemos con victoria del desafío. ¿Y el rey sabe esto?

—Yo entiendo que no —respondió Albayaldos—, si no es que se lo haya dicho Muza, porque estuvo presente en nuestro desafío.