—Sea como fuere, sépalo o no, vamos temprano —dijo Alabez— y sin que el rey ni nadie lo entienda, salgamos a la Vega a vernos con el maestre. ¿Y el maestre señaló padrino?

—Sí —dijo Albayaldos—, a D. Manuel Ponce de León.

—Si así es, vive Alá que no podremos dejar de venir él y yo a las manos, porque ya sabéis la escaramuza que tuvimos, dijo Alabez, y él tiene mi caballo y yo el suyo, y quedó concertado que cuando nos viéramos otra vez daríamos fin a la escaramuza.

—No os dé pena eso —dijo Albayaldos—, que confianza tengo de que vengamos victoriosos.

Alabez dijo:

—Vamos a alistar nuestras armas, y a ponernos como conviene, que importa partirnos luego.

Con esto se partieron los dos valientes guerreros y aderezaron lo que les convenía para la pelea, y una hora antes del día se partieron de la ciudad muy secretamente, por no ser de nadie conocidos, y se fueron por el campo de Arbolote, lugar que es dos leguas de Granada, para de allí ir a la fuente del Pino, donde quedó tratado entre el maestre y Albayaldos que se habían de juntar.

El sol empezaba ya a alumbrar el mundo, y con la hermosura de sus rayos a dar ser a las inclinadas rosas y yerbas con el peso del rocío de la noche, cuando los dos valerosos moros llegaron a la villa de Arbolote, y pasando sin parar, se fueron a la fuente del Pino, tan nombrada y celebrada de todos los moros de Granada y su tierra; y sería una hora salido el sol, cuando llegaron a la fresca fuente, la cual cubre una hermosa sombra de un pino, que por eso tenía la fuente aquel nombre.

Llegados allí, no vieron a nadie, y apeándose de los caballos colgaron las adargas en los arzones, y arrimaron sus lanzas, y sentándose junto a la fuente se refrescaron en la cristalina agua, y empezaron a tratar de cómo no venía el maestre, y por qué sería su tardanza.

Dijo Albayaldos: