—¿Mas si nos hiciese burla el maestre y no viniese?
—No digáis eso —dijo Alabez—, que el maestre es buen caballero y no dejará de venir, que aún es muy de mañana.
Y diciendo esto vieron venir dos cristianos, muy bien puestos, con lanzas y adargas, en dos feroces caballos, y ambos de pardo y verde, y plumas de dos colores; conociéronlos luego en que se divisaba en medio de la adarga una cruz roja que campeaba en blanco. El otro caballero también tenía en su adarga otra cruz diferente, porque era de Santiago.
—¿No os decía yo —dijo Alabez— que el maestre no tardaría? Mirad si es cierto.
Estando en esto llegaron los dos valerosos guerreros, flor de la cristiandad, y saludaron a los moros, y dijo el maestre:
—A lo menos hasta ahora somos perdidosos, pues no habemos venido primero.
—Poco importa —respondió Albayaldos—, que no consiste en eso la victoria.
Estando en esto relinchó el caballo del maestre, y mirando los cuatro caballeros al camino de Granada, vieron venir por él un moro a todo correr de su caballo: venía vestido de marlota y capellar naranjado, y en una adarga azul un sol en negras nubes que parecía oscurecerlo, y en torno de la adarga unas letras rojas que decían: Dame luz, o escóndete.
Atentamente fue de todos mirado, y de Albayaldos y Alabez conocido, que era el valeroso Muza; el cual como supo que Alabez y Albayaldos habían salido de Granada al cumplimiento del desafío, partió a la costa de la ciudad por si pudiera evitar la escaramuza, o cuando no hallarse en ella.
Y en llegando les dijo: