que lloró en aquel del griego,

que el gran Homero cantara.

Así como Muza acabó de poner el trofeo con las letras que tengo dichas, y viendo que no había más que hacer, subió en su caballo y asió de la rienda al de Albayaldos maldiciéndole muchas veces, porque por la gran caída que dio, fue herido tan mal Albayaldos; aunque después dijo, que bien sabía que aquella causa, ni otra alguna no fueran bastante, sino que estaba ya ordenado del cielo que pasara así, y no podía dejar de suceder.

Yendo diciendo estas cosas y otras, aún no había andado tres millas cuando vio venir dos caballeros de buen talle: el uno venía vestido con marlota amarilla, capellar, bonete y plumas de la misma color; la adarga era la mitad amarilla y la otra azul, y en el lado azul pintado un sol metido entre nubes negras, y debajo del sol una luna que le eclipsaba, con una letra que decía de esta suerte:

Ya se eclipsó mi esperanza,

y se aclaró mi tormento:

ajeno soy de contento,

pues no hay rastro de mudanza.

La lanza de este caballero era toda amarilla, el jaez y adorno del caballo, amarillo, y la banderilla de la lanza amarilla. Bien mostraba este caballero vivir desesperado. La letra decía: Sin remedio de esperanza.

El otro caballero venía con una marlota, la mitad roja y la otra mitad verde, capellar, bonete y plumas de lo mismo, la lanza y la banderilla verde y roja, la adarga, la mitad roja y la otra mitad verde, y en la parte roja unas letras de oro, cortadas con mucho artificio, porque campearan desde lejos, que decían así: